Anotaciones de Francisco Bardales

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El amor en los tiempos del cólera (2007)

Love in the Time of CholeraLove in the Time of Cholera
Dir. Mike Newell | 139 min. | EEUU

Intérpretes: Javier Bardem (Florentino Ariza), Giovanna Mezzogiorno (Fermina Daza), Benjamin Bratt (Dr. Juvenal Urbino), John Leguizamo (Lorenzo Daza), Fernanda Montenegro (Tránsito Ariza), Catalina Sandino (Hildebranda Sánchez), Alicia Borrachero ( Escolástica), Liev Schreiber (Lotario Thurgot), Laura Harring (Sara Noriega), Hector Elizondo (Don Leo), Angie Cepeda (La Viuda de Nazareth)

Estreno en Perú: 24 de enero de 2008

El amor en los tiempos del cólera, dirigido por Mike Newell, ante los ojos de un espectador no iniciado en los dominios literarios es un fuego de artificio, una experiencia fallida que se encuentra muy por debajo de lo que García Márquez escribió y concibió en esa fecunda mente. Porque, además de su ritmo pausado, casi cansino, que nos devuelve en innecesarios (aunque sean breves) instantes al sopor, sus 139 minutos de duración terminan extendiéndose más que cualquier discurso politiquero. Y la obra, que es una obra de amor, pero también un fresco social de su tiempo y su contexto, queda reducida a pinceladas románticas que bien pudieron ser mejor aprovechadas.

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Las mejores películas del 2007, según Paco Bardales

No fue un año especialmente memorable para los espectadores cinematográficos, debido a la poca oferta que llegó al Perú, y sobre todo, debido a la calidad de varias de las presentes, las cuales, por ejemplo, han generado, incluso, que una peliculita solo mediana como Supercool haya tenido críticas desaforadamente favorables (a eso llegamos cuando la sequía nos invade). Creo que el 2007 será recordado más por los filmes que no pudimos ver (o la distribución mediocre, blockbustera y argollera nos negó) que por ese puñadito de obras que valieron totalmente la pena. De lo poco, en todo caso, hubo calidad a raudales y aquí mis 12 seleccionadas como las más interesantes del año que ya agoniza (el orden está en razón de mis preferencias, y están ordenadas de modo inverso, para potenciar el –inútil –drama):

Menciones honrosas: La reina (Stephen Frears) y Muero por Muriel (Augusto Cabada). La primera porque es una película de autor, un ejercicio que se basa en la realidad para expresar todos los picos creativos que es capaz la ficción (además, por Hellen Mirren, que no actúa de la Isabel II, ¡Ella es la Reina!). En el caso de Muriel, porque probablemente queda demostrado con este producto final (saboteado inmisericordemente por la propia productora Iguana Films, que en algún momento deberá pagar por esta canallada) que el cine, si no está revestido de estilo y trama, si no tiene alma y cosas entrañables, no perdurará. Y Muero por Muriel, por el inteligente guión, por ciertas licencias fílmicas notables, por los actores (en especial Ricky Tosso, que pone el alma y el corazón para retratar al “Oso Briones”) y por Los Pasteles Verdes como leit motiv musical bien valen la pena y el momento.

La ciencia de los sueños12. La ciencia de los sueños (Michael Gondry). Debí irme a los 5 minutos de iniciada la peli. Todo me parecía tan inextricable, tan barroco, tan inútilmente posero. Afortunadamente no lo hice, porque en verdad, mi percepción empezó a cambiar radicalmente. A los 20 minutos ya estaba completamente absorto ante esta historia de amor autista, ante este retrato de la imposibilidad de transitar en la realidad por aquellos caminos que la ilusión acomete en nuestra mente. Y el francés Gondry sabe lo que quiere al plantearnos este juego demente y lúdico. La última escena, con Gael García navegando en un caballito de juguete junto a la amada, mientras solo puede imaginar, dormir, demuestra que la única matemática posible es la del sueño, la única ciencia donde podemos ser felices. To die, to sleep, no more…

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Cineclub Audiovisual en Iquitos

Cineclub Audiovisual en IquitosNo es muy común que podamos tener la oportunidad de crear y abrir espacios culturales en los cuales, se tenga la posibilidad, además, de mostrar lo mejor del cine. Felizmente, algunas personas e instituciones apoyan el intento y han dejado su huella para que en lugares donde el circuito cinematográfico es relativamente pequeño se logre vencer la resistencia inicial.

En el marco de la IV Semana del Libro de Iquitos, Tierra Nueva Editores y Audiovisual Films han podido lograr que el cineclub de la ciudad, un anhelo de muchos, se pueda hacer realidad. Así, el jueves 13, en el marco de la primera fecha inaugural, a las ocho de la noche, se pudo dar inicio formal a las actividades de dicho local, teniendo como invitado especial al cineasta Frank Pérez-Garland.

Pérez Garland, que visitaba Iquitos por primera vez, se encargó de hacer algunos comentarios sobre el oficio, sobre sus experiencias personales, fílmicas, además de presentar su película Un día sin sexo, la cual fue contemplada por algunos distinguidos invitados que asistían a la IV Semana del Libro, como Doris Moromisato, Jorge Coaguila y Arturo Higa, entre otros.

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Antonio Wong: El hombre que abrazó el sol de Loreto

Antonio-Wong-proyectorA mediados de los años treinta del siglo XX, Iquitos había dejado dramáticamente de ser la niña mimada de los ojos del progreso súbito. Acabadas las ilusiones del boom cauchero, quedaban tras de sí estertores de lo que se consideraba una mayúscula traición. El tratado de límites Salomón Lozano, firmado durante el oncenio del dictador Augusto B. Leguía, había entregado extensiones importantes del trapecio de Leticia, peruanos en ese entonces, a Colombia. Tras escaramuzas de consideración y el humillante trato que el gobierno central de Lima había realizado, luego de la toma del territorio en cuestión por un considerable puñado de loretanos en 1932, las únicas esperanzas que se albergaban dentro de la tranquila urbe eran, irónicamente, aquellas que visualizaban nostalgias de tiempos mejores, pétreas esquelas de arquitectura de talante imperial, algunas experiencias fílmicas de ultramar que proyectaban en el teatro Alhambra y, sin duda, aquellas imágenes que el indomable paisaje amazónico era capaz de generar en los ojos de sus espectadores.

Durante las dos primeras décadas, a la par que decrecía el súbito progreso, la ciudad había ido desarrollando un incipiente movimiento en torno del cine. El sacerdote e historiador español Joaquín García señala que el primer hecho cinematográfico del que se tiene noticia en Iquitos data de 1900. En los bajos de la conocida “Casa de Fierro”, se realiza la primera proyección con máquina marca “Edison”. Inmediatamente, en 1902, el comerciante Eduardo Fuller instala el primer cine de la ciudad en el Alhambra , para lo cual adquiere equipo de proyecciones de la marca Lumiére. En 1905, en tanto, Arnaldo Reátegui, otro comerciante sanmartinense, compra una máquina de proyecciones con un abundante stock de películas de Pathé Fréres y de la Gaumont, y en asociación monta un cinema cuyo nombre será el alucinante “Jardín Strassburgo”. Reátegui era osado y gracias al dinero que le sobraba, en 1911, provisto de los más modernos instrumentos de filmación producidos por Pathé, realiza una serie de tomas de la llegada de las tropas del comandante Oscar R. Benavides de la gesta del Caquetá.

En la perspectiva del tiempo, aquella incursión fronteriza resultó ser la primera muestra de filmaciones hechas en la selva loretana. Sin embargo, a pesar de Reátegui y del evidente esfuerzo desplegado, algunas dificultades saltan a la vista para considerarlas un trabajo valioso, salvo por su carácter histórico: la proyección era aislada, fragmentada y severamente básica. Por ende, no era artísticamente digna de mención. Desde aquél momento, hasta el inicio de los treinta, la metodología, temática y el interés por elaborar un producto sistematizado desde la propia localidad habían estado ausentes del colectivo. Años después, sin embargo, aparecería la entusiasta y creativa figura de Antonio Wong Rengifo y las cosas iban a dar un vuelco significativo, a favor, obviamente.

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Fotos: Guadalupe Muñoz

El cine de nuestra niñez: Los Goonies

The Goonies1985. Éramos cuatro: Arturo (alias “Gordo”), trejo, mofletudo y cobarde para las peleas cuerpo a cuerpo; Papo, pelotero, conversador, buena onda; Christian, tranquilo, reservado, estudioso; Yo, el freak del grupo. Andábamos por los siete años y en nuestra radio a pilas Phillips escuchábamos los últimos estertores de “Thriller”.

“Ese pata iba a ser el rey de rock, te ibas a acordar de mí”, decía siempre Papo, mientras se terminaba un delicioso Muss Cremino dos sabores. El Gordo había llegado de Mayami, extraviando sus pasos en los Yunaites, y lo mejor que se había conseguido era la casaca oficial de la gira de Michael Jackson, con nombrecitos de las ciudades donde iban a sonar sus conciertos. Lo odiábamos en público, porque decíamos que era un big fat liar, pero en secreto lo envidiábamos. Aunque eso del odio y la indiferencia era puro cuento. El Gordo era uno más de la pandilla y a los amigos se los respetaba, se los quería y se les aceptaba incluso cualquier actitud posera (la ley de la vida ¿verdad?).

Iquitos era pequeña y aburrida, pero en ese entonces nos parecía inmensa. Creíamos que no pasaba de veinte o treinta cuadras a la redonda, pero traspasar ocasionalmente sus extramuros era una aventura que no podíamos perdernos. En casa habíamos recibido el más grande regalo que un niño podría esperar: una consola de videojuegos. Un Atari. Regalo impresionante, incluidos dos juegos que nadie podía nunca en su vida olvidar: el desconcertante Combat (batallas infinitas entre dos cuadrados con una línea sobresaliente que la imaginación le asignaba el nombrecito de “tanques”) y, cómo no, el Pac-Man, el más jugado, el más querido, el antecedente perfecto de posteriores layas de dudoso calibre como Mario Bros o Donkey Kong. El Pac-Man era una actitud de vida, como de una vez convertirte en Rambo, en Comando, en el Terminator, en personajes de películas que nos habíamos soplado, sea en el cine o por el cable TVS, del polaco Stan Timinski.

Mientras a nosotros nos contaban historias de tunchis, chullachaquis, mientras mi abuela María me recordaba sus viejas anécdotas del Yarapa, en el canal 10 el cable nos mostraban las nuevas aventuras de Freddy Krugger y mister Jason. El Gordo siempre repetía al ver los destripamientos, la sangre, el festival gore, una frase muy de su alienación: “So scared”. Todos sabíamos que era un miedoso total, pero que lo reconociese en inglés ya era como que demasiado.

La ciudad tenía cinco complejos definidos: el “Iquitos”, puntero absoluto con estrenos de categoría; el “Bolognesi”, competencia directa del anterior y nunca quería quedarse a la saga; el “Excelsior”, más céntrico, más oscuro y con butacas crujientes; el “Belén”, experto en películas hindú y, con el paso del tiempo, en funciones porno continuadas; y el “Atlántida”, de ventilación deplorable y en el que sólo se proyectaban películas ya estrenadas en los otros cines. Era la etapa más gloriosa de la industria cinematográfica local.

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Chullachaqui en la ciudad (II)

Estreno de Chullachaqui en Iquitos

Miércoles 03 de enero; 08.52 p.m.: Trescientas personas repletan la sala principal de Multicines Star. Autoridades, periodistas, amigos, críticos, criticones camuflados y seres buena onda dispuestos a pasar un buen rato en el avant premiere de Chullachaqui, que el estrenado alcalde Salomón Abensur y su equipo de trabajo ha decidido incluir dentro las actividades por el 143º aniversario de este puerto llamado canción (sic). Dorian Fernández y el equipo de producción nos encontramos medianamente sorprendidos de la convocatoria y del lleno que luce el lobby del cine. Sabíamos que la expectativa podía desbordarse, aún cuando no habíamos calculado su magnitud.

En la madrugada, todos estaban listos, expectantes ante cualquier detalle, entre ellos los actores (Frescia Ortega, Miguel Gonzales, Marcos Vargas, Ángela Vargas, Fernando Mendez, Gabriela Monsalve,el chato Christian Calampa) ante cualquier posible detalle que pudiera ser corregido, y los amigos de producción (Jeff Calmet, Darwin Arévalo, Aldo Lozano, Raquel Poblete, Lupe Muñoz, Marimar Vásquez, Diego Lozano, Kike Palacios), los cuales iban a ser complementados por el staff de producción (Luisa Briceño, los hermanos Herrera, Mayro Gatty, Gaby Flores, Nataly Orbe, James Vega, etc.). Todos recordaban tras bastidores el apoyo de gente valiosa y ausente en esos momentos como el productor inicial Paul Lewis y el camarógrafo Martín Mendiola. En procura de un resultado decoroso, se sumaron como espectadores asesores Douglas Flores, Gregoire Ross y Giancarlo Scavino, camarógrafos, publicistas y amigos de Audiovisual Films.

La difusión en prensa sobre el trabajo había sido importante (generosísimos todos aquellos que nos apoyaron), además de la publicidad estática que se había colocado en algunos puntos estratégicos (nunca la cara llorosa de Frescia Ortega inspiró más temor que en aquella gigantografía colocada al frente de la Plaza Bolognesi). Sin embargo, tener expectativas al día siguiente sobre la convocatoria contabilizada en boletos vendidos era un asunto muy diferente. La misión principal era generar una dinámica que pusiera atención en la naciente corriente cinematográfica amazónica, y sin ninguna duda, había sido pensada en lograr que las cosas improbables se convirtieran en posibles. Autocríticos al extremo, con mucho respeto por las opiniones ajenas y con mucha humildad, el equipo de producción había captado que la ciudad se merecía también un momento de legítima distracción a través de la expurgación de la esencia de alguno de sus mitos orales más arraigados.

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Chullachaqui en la ciudad (I)

Escena Cero: Primer plano en off, pantalla negra. Plano de cara de testigo, detalle de ojos asustadizos, imagen de manos nerviosas, sudorosas, coleta roja en la mano. Mira con actitud de pérdida y desorientación a la cámara. Sensación de vacío en el espacio. Oscuridad, cámara nerviosa, leve detalle de paisaje (bosque oscuro) en cuadro:

Yo corría, corría, a veces me he caído, incluso con sus manos como garras de loro me agarró un rato en el brazo y me hizo un cortado, mira ve, bien profundo es. Estaba de miedo que me dejara embrujado y me raptara por su telepatía, igualito, ni hey podido dormir por eso, todo el día pensando que iba a volver a llevarme.

Jueves 4 de enero; 11.30 a.m.: A las primeras 100 entradas vendidas para el estreno de Chullachaqui, se le suma una cola de entusiastas esperando que se abra la boletería del Multicines Star para adquirir una de las preciadas entradas. La expectativa ha desbordado todos los pronósticos que se habían manejado en Audiovisual Films.

Pero la tensión es mucho más fuerte que las ilusiones. A escasas cuatro horas del primer estreno, el dato incierto y lúgubre recorre la epidermis de Dorian Fernández, Chichi Fernández y yo: una aparente copia pirata, de baja calidad y con cortes abruptos de edición, se estaría distribuyendo clandestinamente en algunos mercados negros de la ciudad. Lo que habíamos pensado podía pasar en algún momento como divertida anécdota, tomaba forma y existencia amenazadoras. No habíamos previsto que los del ojo tuerto y la pata de palo pudieran laborar con tanta premura y efectividad (¡ese es mi Perú pujante y emprendedor!).

Chullachaqui Fotos Produccion

Pero no era la única premura con que nos enfrentábamos. Los protocolos de seguridad de Audiovisual Films se habían activado desde las 06 de la mañana del 2 de enero, cuando un extraño virus inoculado en todas las computadoras de la productora inició su demencial misión de aniquilar diálogos, distorsionar cuadros de imágenes, cambiar arbitrariamente el orden de las escenas. Confieso que en aquel momento, el equipo de post producción (que incluía al director y el productor asociado –Dorian y Chichi–, el editor senior -Gino Guevara–, el encargado de efectos especiales –Kenny Reátegui- y el editor asistente –este escriba–) entró en una suerte de trance producto del temor de ser objeto de una amenaza no contemplada. Las copias de apoyo, así como el demo principal se encontraban a salvo, pero se habían realizado varios insertos que, como un suspiro, se perdieron en el torbellino caníbal del inesperado alien cibernético.

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Asi se hizo “Hijas de Belén” de Javier Corcuera (II)

Hijas de Belén

20 de agosto de 2005. Javier Corcuera ha solicitado la sala más grande de los Multicines Iquitos, con un aforo de 272 asistentes cómodamente sentados. Con el apoyo del Instituto Nacional de Cultura de Loreto y el financiamiento de la Organización Internacional del Trabajo, estrena este corto documental, que ya tiene venerable presencia de por lo menos un año de estrenado y forma parte de las cinco historias de la película “En el mundo, a cada rato”, que presenta vivencias de trabajo laboral de niños en diversos países del tercer mundo.

Corcuera se ha encontrado en medio de la realidad de una ciudad que le gusta, sobre todo su gente, con predilección por aquellos que en apariencia no han logrado el “éxito” y se encuentran confinados en condiciones de pobreza y miseria material en algunos casos verdaderamente aterradoras. Ha encontrado, además, una Municipalidad Distrital de Belén que se ha comportado como se podría esperar de ella: con una indiferencia patética.

Claro, el Alcalde de Belén, un personaje fácilmente olvidable, ha sido el primero en llenarse la boca sobre las bondades del filme y había comprometido todo el apoyo para los participantes y protagonistas. De eso han pasado más de 365 días y hasta el momento no se ha cumplido el compromiso de honor, según quienes han tenido a su cargo el tutelaje educativo de las niñas. El señor Alcalde prometió estar presente en un almuerzo de trabajo en el restaurante “Fitzcarraldo” el jueves 18 donde se iba a coordinar el plan de trabajo de esta visita. El señor Alcalde prometió pagar los gastos de transporte de la función especial para los habitantes del distrito, el sábado en la tarde. El señor Alcalde prometió dar un almuerzo en honor de los protagonistas del filme, ese mismo sábado, al cual por supuesto no llegó, y cuya cuenta tuvo que ser asumida por los fondos para la compra de útiles escolares y provisión de salud de los infantes. El señor Alcalde se apareció en la noche por los Multicines, olfateó un poco el lugar, estuvo menos de 15 minutos, se despidió de un puñado de personas y se marchó, aduciendo “reuniones más importantes”, por lo cual ni siquiera espectó el corto. Seguramente su agenda de “trabajo” era demasiado recargada, la cual seguramente rozaba, además, con los horarios de la indignidad.

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