Festival de Lima 2008: En la ciudad de Sylvia (2007)

De acuerdo a una cierta tradición francesa (aunque su creador, José Luis Guerín, sea español), En ciudad de Sylvia es una película en la que no pasa nada o casi nada. Lo que significa que ocurren muchas cosas, las que quedarán por desentrañar al buen criterio o imaginación del espectador. Así, el protagonista se dedica a mirar los rostros de diversas personas –sobre todo mujeres jóvenes, pero también algunos aburridos varones– sentados todos en un café de un Conservatorio y Escuela de Arte Dramático; en mutua y activa contemplación. Pero lo interesante aquí es cómo esos rostros o parejas empiezan a agruparse en los encuadres; lo hacen en forma paralela, dejando entrever distintas situaciones, acercadas mediante un conveniente teleobjetivo e intercaladas ocasionalmente con sus reflejos en las lunas del local. En este mirar se acumula, admirablemente, una combinación de detención y movimiento.

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Todos hemos visto en la tele esos desfiles de modas, donde famosos diseñadores de ropa presentan vestidos muchas veces extravagantes y que sabemos que nunca nos vamos a poner, así sea ropa interior. Obviamente, esos peculiares atavíos son presentados para mostrar tendencias, temas, colores o líneas de diseño que influirán en la vestimenta de uso convencional que, durante una determinada temporada, compraremos y con la que nos cubriremos.

Algo parecido ocurre con los festivales de cine. Allí se presentan filmes que raramente veremos en la tele e incluso en los cines comerciales. Se trata de películas, digamos, inusuales y no siempre para todos los gustos; pero, en muchos casos, también son obras que de alguna u otra forma reflexionan sobre la tradición cinematográfica o sobre el propio lenguaje audiovisual. Tal fue el caso de Luz silenciosa, el año pasado y de En ciudad de Sylvia, este año, ambas consideradas como audaces trabajos artísticos; otros, menos elegantes, las calificarán como unas buenas pajas.

En tal sentido, y de acuerdo a una cierta tradición francesa (aunque su creador, José Luis Guerín, sea español), En ciudad de Sylvia es una película en la que no pasa nada o casi nada. Lo que significa –en este tipo de patrón– que ocurren muchas cosas, las que quedarán por desentrañar al buen criterio o imaginación del espectador. Así, el protagonista (y nosotros con él) se (nos) dedica(mos) a mirar los rostros de diversas personas –sobre todo mujeres jóvenes, pero también algunos aburridos varones– sentados todos en un café de un Conservatorio y Escuela de Arte Dramático; en mutua y activa contemplación. La atención se centrará en las expresiones de esos rostros vacíos, sonrientes, fatigados, expectantes, abúlicos o presentados dentro de largos encuadres que dejan ver hombros caídos, conversaciones vivaces y miradas cruzadas, inquisidoras y finalmente insinuantes. Pero lo interesante aquí es cómo esos rostros o parejas empiezan a agruparse en los encuadres; lo hacen en forma paralela, dejando entrever distintas situaciones (todas inciertas o sugerentes, al mismo tiempo que disímiles), acercadas mediante un conveniente teleobjetivo e intercaladas ocasionalmente con sus reflejos en las lunas del local. En este mirar se acumula, admirablemente, una combinación de detención y movimiento. Diálogos, propiamente no los hay. En cambio, el director compone un clima de inquisidora curiosidad, reticencia, vaguedad, calma, soledad… Y así transcurre poco más del 60 por ciento de la película, con lo que queremos dar a entender que se trata de un filme pausado y sumamente relajante.

en_la_ciudad_de_sylvia-03El resto es más o menos igual, con la diferencia de que hay un seguimiento –una especie de reglaje amateur– en el que el protagonista persigue a la presunta Sylvia por las calles de una ciudad que finalmente resulta ser Estrasburgo. Este recorrido es una de las partes más bellas de la película, en la que –después de una etapa de selección– pasamos a un discurrir del tiempo –un crescendo– dentro de un espacio que va siendo construido por la cámara. Aquí el director se muestra un poco más ágil en el tempo, aunque lo mediatiza con una cierta morosidad a lo largo de las idas y vueltas por esos recovecos, callejuelas y avenidas; con pausas, pérdida y reencuentro en una plazuela y los paraderos del tranvía local. Esta parte es más o menos el centro del filme y donde se halla un casi único diálogo y a la vez clímax (o, mejor dicho, anticlímax) del filme; el que discurre, breve, moderado, comedido y hasta embarazoso, al interior de un tren citadino.

Además, intercalados, tenemos la observación a los anónimos personajes secundarios (las meseras, el vendedor callejero africano) y a esos achacosos vecinos que aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer en el trayecto (fascinante la escena de la anciana alcohólica, que ya no reaparecerá cuando la cámara vuelva a su esquina). Ellos van rotando y “rodeando” también a la escena del único y ya mencionado diálogo explicativo en el tren. Con el desenlace va cerrándose un círculo en el que hemos visto a la mayoría de los observados “retornar” silenciosamente ante nuestros ojos; lo que sugiere que el laborioso ejercicio de construir un entorno urbano y entresacar de éste un conjunto de variadas sensaciones es justamente eso, una construcción y no lo que aparentan ser tomas espontáneas y aleatorias de la ciudad.

Mención aparte merece la banda sonora, en la que un aspecto clave es la relación entre ruido y silencio. Los ruidos que escuchamos son los más obvios y componen un casi permanente sonido ambiental, cuyo volumen es sabiamente regulado por el director que, en ocasiones, nos deja escuchar sonidos de sucesos que no vemos (el tenaz gotear de una cañería, por ejemplo). Así, las calles –a veces semivacías– se “pueblan” de actividad fuera de cámaras para luego diluirse en el silencio. Pero también hay un poco de música: un dúo de violinistas en el café, con unas melodías medio gitanas, unas canciones ochenteras en un pub, un viejo vagabundo que susurra en medio del bullicio de una plaza el Va pensiero de Verdi. Sutiles y apenas insinuadas alusiones a un contexto en el que se entretejen fragmentos de melodías y ruidos antes de resolverse.

en_la_ciudad_de_sylvia-04Todo esto me recuerda una famosa obra musical de John Cage, titulada 4 minutos 33 segundos, la cual consiste en la aparición de un pianista que se sienta frente a su instrumento en el auditorio y permanece allí durante todo ese tiempo sin tocar una sola nota. Gradualmente el público va prestando atención a todos los ruidos (carrespeos y toses reprimidas, crujir de los asientos) que van creando una expectativa y a los que normalmente nunca presta atención. Cage dice que en esos momentos incluso es posible escuchar el rumor de la sangre corriendo por nuestras venas; lo que exige sin duda un alto compromiso del público. Y eso es lo que se siente cuando esta banda sonora se ensambla con los componentes visuales de la película, con el espejeante juego de miradas. Sentimos entonces la respiración del filme, el flujo vital de esta ciudad que se descubre ante nosotros, de esta “ciudad de Sylvia”. A partir de todos esos ruidos e imágenes a los que en otras circunstancias no prestaríamos la menor atención nos vemos obligados a concentrarnos en el acto de mirar y oír lo que nos rodea, a fijarnos en el propio lenguaje audiovisual y –a partir de focalizarnos en lo cotidiano– en la propia vida; vamos sintiendo entonces una inhalación y exhalación sobre la cual se va montando una narrativa: corsi e ricorsi, ebb and flow, vida, muerte y vida de nuevo. Para lo cual, como en el caso de 4’33”, se requiere también de la participación del espectador; con la ventaja de que en la película ya se nos ofrecen, articulados, los elementos y ventanas donde asomarnos para el goce estético.

Hace poco escuché un comentario de Daniel Barenboim en una sesión de su serie de Clases Maestras explicando la relación de la música y el silencio, de cómo las notas surgen de la nada y retornan a la nada, y de cómo la música existe mientras dura y su tendencia es hacia la disolución; de allí el sentido dramático de este arte, en el que luchan constantemente sonido y silencio, vida y muerte. Idea también expresada en estos memorables versos de Eliot:

Las palabras se mueven, la música se mueve
sólo en el tiempo; pero lo que está sólo vivo
sólo puede morir. Las palabras, después del habla, tienden
al silencio. Sólo por la forma, la estructura,
pueden las palabras o la música alcanzar
la calma, como un jarrón chino sigue
moviéndose perpetuamente en su calma.

En la película que comentamos vemos –traducido audiovisualmente– ese movimiento en el tiempo y, al mismo tiempo, movimiento y detención; así como ese continuo flujo y reflujo de elementos cinematográficos, esa estructura invisible, que constituye el soporte semántico de una narrativa que, pese a la frustración del protagonista, concluye –a manera de reinicio– con una imagen del mundo y de la vida.

Narrativa que empieza con una luz matutina que surge de la oscuridad, que aparece y desaparece en la pared del cuarto de hotel de nuestro protagonista; a la que siguen, ya en plena luz, unos pocos y largos planos de él inmóvil sobre su cama, una ventana y una maceta sobre el escritorio; hasta que empieza a escribir en su cuaderno de anotaciones en un silencio que termina proyectándose hacia la calle. Pero, luego, en las primeras imágenes de la ciudad y su gente, tenemos un murmullo casi infinito de voces entremezcladas; en francés, alemán y hasta castellano. Quizás porque Estrasburgo es la sede del Parlamento Europeo (y entonces tendríamos una alusión política), pero es más probable que se nos ofrezca el mundo, una mini torre de Babel; y de allí que sea en medio de ese café –poblado de anónima humanidad– en que nuestro héroe inicia su larga y meticulosa búsqueda. Luego, como en las grandes sinfonías de Bruckner, Guerín se muestra más interesado en el trayecto antes que en el clímax hacia el que nos conduce. Así, vamos descubriendo en lo cotidiano, lo rutinario, lo reiterativo y hasta lo aburrido la esencia de la vida; cuya metáfora pareciera ser la aspiración, frustrada pero nunca abandonada, de hallar a una improbable Sylvia.

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La idea de que nuestro protagonista es un romántico en busca de una chica con la que se encontró en un café tres años antes es, evidentemente, una concesión del director hacia el público. Así, dota de una cierta intención y voluntad a nuestro héroe, quien va en pos de un objetivo incierto, para que el interés del espectador no decaiga o para impedir que aumente el número de quienes –más o menos dubitativos– se levanten de su butaca y se marchen en medio de bostezos. En mi opinión, Guerín debió ser más audaz y omitir ese diálogo en el tren, dejando las cosas aún más ambiguas de lo que ya estaban. De esa manera, emergería una segunda lectura (tan válida y, al mismo tiempo, compatible con la anterior), donde el protagonista es un artista (¿el propio director?) que va haciendo bocetos y anotaciones en su cuadernito, reuniendo materiales (rostros, personajes) y locaciones tomados de la realidad para elaborar una obra de arte; Sylvia, entonces, sería una musa o el ideal de la belleza. No en vano hay, hacia el final, unos planos donde el cuadernito es hojeado ante las cámaras, junto a tomas de chicas a las que el viento no cesa de despeinar. No olvidemos también la secuencia inicial, en la que el héroe aparece como un narrador, con unos apuntes ya empezados. Ciertamente, esta lectura (y otras) pueden hacerse porque la palabra clave aquí es la ambigüedad. Está claro que ésta permite a cada espectador “completar” e incluso “armar” el sentido del filme. Pero, ¿quién va al cine para pensar? Sólo los críticos, claro.

En suma, estamos ante una película fresca, poblada de bellas chicas y viejas calles transitadas por personajes ídem y donde nada (que no imaginemos) ocurre. Algunos la calificarán de un budín (como se decía antes en Lima), un puro e infumable (como se dice aún en Madrid) o un coñazo (como hablan en Santo Domingo, luego de unos rones). Los críticos, en cambio, diremos que se trata de una obra maestra que reflexiona, a partir de lo cotidiano, sobre el lenguaje audiovisual y su infinita capacidad de estimular nuestros sentidos y disfrutar de las sensaciones estéticas que ello nos produce. En fin, una típica película de festival.

En la ciudad de SylviaDir. José Luis Guerín | 84 min. | España

Intérpretes: Pilar López de Ayala (Ella), Xavier Lafitte (Él), Michaël Balerdi ( un transeúnte), Laurence Cordier, Tanja Czichy (Tanja), Gladys Deussner (Mujer leyendo), Eric Dietrich, Charlotte Dupont, Philippe Ohrel (El extraño).


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10 comentarios

  1. […] Este año el Festival de Lima viene publicando Vértigo, el diario del festival, de manera digital en su página web. Un plausible paso para llegar a más gente a través de los medios digitales. En su segunda edición, es decir la de hoy jueves 8, encontramos una entrevista a José Luis Guerín, hecha por Gabriel Meseth. El presidente del jurado de documentales y uno de los creadores españoles de más vanguardia, presenta por estos días una bella cinta, En la ciudad de Sylvia. […]

  2. […] p.m. Nuevamente se verá En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerin, no nos cansaremos de recomendarla, gasta nomás tus 17 soles, valen la pena. […]

  3. Alberto_
    9 de agosto de 2008 at 18:24 — Responder

    La acabo de ver y me parecio una muy buena pelicula, la propuesta de mostrar todo simple tal como esta en la permite que uno pueda interpretar las reacciones de los protagonistas desde su propio punto de vista.

    El detalle del cuarderno de dibujos tambien estuvo bueno, lo que no me gusto es que la historia central era muy simple y corta.

  4. Juan José Beteta
    10 de agosto de 2008 at 22:48 — Responder

    Alberto
    Es discutible que esta pela tenga una historia sencilla y corta. En primer lugar, posee la estructura de un largometraje, con su bloque de presentación de personajes, su desarrollo y su desenlace debidamente imbricados. El protagonista tiene un objetivo concientemente asumido y enfrenta diversos (aunque sutiles) obstáculos; los que van desde los vasos que se derraman en el Café, el proceso de selección y descarte de chicas, las incidencias de la persecución (idas y vueltas, detenimientos, pistas falsas), todo lo cual –y esto es lo extraordinario– SIMULA las peripecias de la acción dramática, las cuales también están sugeridas a lo largo del filme. Además, hay “historias secundarias”, como por ejemplo la fantasía sexual del héroe con la chica del pub o la pareja que intercambia un par de palabras luego de largos minutos de poner cara de poto (y qué decir de la alcohólica que vemos desaparecer). El hecho de que casi todo esto debemos “completarlo” o imaginarlo supone también una sutil y pérfida dosis de ironía hacia el espectador.

    Asimismo, hay elementos de soporte a las intenciones de nuestro anónimo protagonista; el más evidente son las declaraciones de amor a una tal Laura (según Guerín, la amada de Petrarca) pintadas en diversas paredes. Por tanto, el argumento no es tan simple ni corto; al contrario, puede ser tan complejo y extenso como (todos) los espectadores (que) querramos imaginarlo (o sea, infinito).

    Por otro lado, hay un clímax y un desenlace; lo cual nos lleva a otro punto fundamental y es que esta estructura dramática semi sumergida sostiene todo el juego de alusiones y sugerencias que caracterizan a esta notable cinta. Bajo la apariencia aleatoria y divagatoria de buena parte de la película, Guerín consigue contruir una férrea unidad dramática; y lo hace de la manera más simple que quepa imaginarse: haciendo que por única vez en todo el film sus personajes –con gran esfuerzo y tímidamente– conversen. Mediante este sencillo expediente de jerarquización el director logra crear un sentido de unidad en el marco de una estructura abierta, al mismo tiempo, a diversas interpretaciones e infinitas sensaciones.

  5. Alberto_
    11 de agosto de 2008 at 11:57 — Responder

    La historia central, es sencilla por es:

    -Un anonimo, va en busca de una chica llamada Sylvia, esta busqueda la lleva a seguir por varios minutos a otra, regresa al bar donde la conocio y se enamora de otra chica, tiempo despues vuelve a ver a Sylvia y pero ya no le importa.Fin

    Lo que es admirable es la profundidad del personaje, y la capacidad del director que con pocas palabras pueda transmitir tantas emociones complejas.

    La pelicula es facinante (eso no lo niego), pero la historia central es sencilla.

  6. 21 de agosto de 2008 at 18:24 — Responder

    Un budín… si hacia el final de la pelicula no nos enteramos de qué va.. esta ha fracasado en su objetivo principal. El resto es creer ver lo que queremos ver… eso que algunos osan llamar arte.

  7. […] mi crítica a En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, sugerí que este director debería eliminar de su guión la conversación […]

  8. […] contenido, con respecto a “las otras”. Entre las que ofrecen aportes formales puedo mencionar En una ciudad para Sylvia, Construcción de una ciudad, Dioses, La mujer sin cabeza y Liverpool; mientras que entre las que […]

  9. […] Frente a la propuesta de realismo sucio, los momentos de seguimiento, aquellos en los que Omar persigue a Selma por las calles argelinas, son muy logrados permitiéndome recordar ese carácter de espacio, ritmo, mirada y gestualidad tan importantes en una película como En la ciudad de Sylvia. […]

  10. […] “La academia de la musas”, así como en Tren de sombras (1997) o En la ciudad de Sylvia (2007), Guerín experimenta y reflexiona en referencia a la relación entre la imagen y la […]

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