Esta película comparte con El vuelco del cangrejo la presencia de un protagonista principal en torno a cuyas interacciones se desarrolla el filme, con la diferencia que mientras en la cinta colombiana encontramos a un visitante que se detiene en un pueblo, en Hotel Atlántico se trata de un actor desempleado que realiza un viaje por distintos lugares de Brasil. La segunda diferencia importante es que la (tercera) cinta de la septuagenaria directora Suzana Amaral es que ella no pretende (como los directores de la argentina Los labios) contar una historia bajo mecanismos dramáticos convencionales sino que va directamente a la exploración del azar, bajo la premisa de que la vida está guiada no por la intencionalidad y voluntad conscientes sino por el absurdo. Así lo declara ella misma, y así me lo ratificó Mario Castro.

En consecuencia, es inútil tratar de encontrar una lógica causal entre los episodios e incluso al interior de los mismos, fuera del hilo secuencial del viaje que une las diversas situaciones (inesperadas, peligrosas, extravagantes, chistosas, tristes) que enfrenta nuestro héroe. De esta forma, Hotel Atlántico resulta más coherente –en (y pese a) su relativa incoherencia– que el filme colombiano. En este marco, debe reconocerse que se trata de una película correctamente realizada, de bajo presupuesto y una ambientación básica.

Por otra parte, hacia el final, la película también sugiere que todo el viaje ha sido como un sueño o que puede ser asociado al mecanismo del sueño (repetido), lo que no sólo justificaría las varias incongruencias y el casi rutinario despliegue de lo absurdo y gratuito de las peripecias presentadas por Amaral; sino que también sugeriría que la vida es un eterno retorno a situaciones paradójicas e irracionales. Lamentablemente, este procedimiento ya ha sido realizado con anterioridad, de manera más radical y con suprema fantasía, por Luis Buñuel, por ejemplo, en El fantasma de la libertad.

En cambio, la obra que comentamos resulta más modesta en sus pretensiones y su desarrollo peca de cierta morosidad, la cual traslada lo onírico de la pantalla a la recepción de la obra por el espectador; vale decir, que la pieza aburre en varios tramos. A ello coadyuva la resignación y el ánimo algo deprimido del protagonista, que junto con la música, completan la sensación de frustración y extrañeza que provoca el filme. Así que esta obra es recomendable únicamente para aquellos amantes del riesgo y el cine de aventura, capaces de disfrutar y relajarse con estos amables ejercicios de soponcio.