Festival de Lima 2010: Norteado

Norteado, opera prima de Rigoberto Perezcano, ganadora del Premio APRECI en el Festival de Lima, es una película fronteriza, en más de un sentido. En primera instancia, es el registro de los intentos migratorios, ilegales y subrepticios, de Andrés (muy acertado Harold Torres), un esmirriado joven decidido a cruzar el límite que separa su país de la inasible Norteamérica, amurallada y repelente, y que un par de veces termina en la oficina de control que devuelve a los infortunados.

La cinta se ubica entre la serena complicidad con un personaje humilde que ansía estar del otro lado del suelo, y la mirada irónica y ligeramente distante desde la cual narra Perezcano. Andrés García, se presenta el muchacho. “Como el artista”, que es su antípoda, le sugieren. Predomina la cámara en mano, atenta pero no intrusa, que lo acompaña en sus sinuosos y erráticos desplazamientos no sólo para escabullirse de la vigilancia limítrofe, sino para compartir sus tímidos afectos con una chica de su edad (Cata) y una mujer mayor (Ela) a la vez, y pasar el tiempo y pensar su futuro entre ofertas laborales y esperanzas de éxodo. Andrés siempre está en medio de encrucijadas de mayor o menor gravedad, pero se impone la desdramatización en el relato.

El realizador consigue filtrar sutileza y gracia en una locación como Tijuana, la demonizada comarca del kete y la metralleta, y un contexto de incertidumbre y angustia, sobre si pasará o no, si podrá honrar la deuda con los primos, si el amorío naciente con Cata da para más. La puesta en escena minimalista se luce en el laconismo general de los diálogos, que incluye los referentes a los traslados fallidos; la simpatía de los coqueteos; y el cretinismo de los retratos de dos ilustres enemigos de los migrantes: los republicanos Arnold Schwarzenegger y George W. Bush, cercanos uno del otro para variar.

Pero Norteado, principalmente, señala un trayecto del protagonista hacia la anulación de la identidad en su sustancia más concreta, el cuerpo, el mismo que a la vez permitiría que escapara y fuera descubierto, aquel que debe cosificarse bajo el disfraz de una pieza artesanal labrada en grupo y perder su aspecto natural para, supuestamente, poder estar a plenitud luego en “la tierra prometida”. Ese es el mayor mérito del filme, ficcionar con imperceptibles recursos documentales, captar la cotidianidad y complejizarla de tal modo que desemboca en el absurdo más insólito de la existencia humana. Norteado, limitado, amoblado, literalmente.

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