Este jueves 28, en la última fecha del ciclo de conversatorios en el CC Peruano-Británico, se presentará el libro Confesiones fílmicas: 12 lecciones de directores sobre cómo se hace cine en el Perú, escrito por el periodista y crítico de cine José Tsang y el realizador Pablo J. Ruiz.

La publicación, que demandó aproximadamente cuatro años de trabajo intermitente, es decir en la práctica el tiempo similar al de un largometraje estándar, cuesta 25 soles y puede encontrarse en las librerías Crisol y El Virrey, y en la Feria del Libro. A continuación, algunos fragmentos del prólogo y de los testimonios de los cineastas.

Este libro encierra otras motivaciones personales: 1) soy de los que creen que la crítica de cine es un género creativo. Pero luego de un tiempo de ejercitarla, llegan las ganas de darles espacio a las voces de terceros; y 2) estas páginas funcionan como un antídoto a esas estériles peleas entre los críticos y a sus singulares retóricas, poco aptas para lectores que no son adivinos.

El público peruano no es tonto. El espectador pone escudos ante el drama evidente. Necesita desconectar. Obviamente, el cineasta tiene un tema en cuestión, una pepa que ha de limar: dosificar entre el drama y la catarsis, el placer y la incomodidad, la risa y el llanto. Dirigir es como cocinar. Cada director sabe cuánto poner aquí y allá. A mí, personalmente, me atrae la comida agridulce. (Claudia Llosa)

Ideas antes que técnica. Estudié cine en la Universidad de Yale, donde el 95% de la carrera es teórica. Leíamos, veíamos películas, escribíamos ensayos y críticas. También enseñaban historia de la pintura y de la música. Al final, literalmente, aprendí a usar la cámara de cine en un día, no es algo para lo que necesites una carrera. (Josué Méndez)

Lenguaje misterioso. La diferencia de velocidades que existe entre la literatura y el cine es incomprensible para la razón. Inclusive su funcionamiento está regulado por dos hemisferios cerebrales distintos: el lenguaje verbal reside en el hemisferio izquierdo, mientras que la música y el lenguaje del cine tienen su ámbito en el derecho, donde predomina la emoción. (Armando Robles Godoy)

Acostumbrarse al rechazo. Mandamos el proyecto de Octubre a 30 fondos de financiamiento. Terminaba el año y no habíamos ganado nada. Pero entendíamos ya algo más. Sin embargo, que te rechacen nunca es fácil. Es como cuando persigues a una mujer y ella te dice no, luego sigues a otra que también te suelta un no, y después… Hay que aprender a levantarse de los golpes. Un rechazo siempre es duro. (Diego Vega)

Filmar contra viento y marea. Un día caminaba con Diego y le solté: “Qué chucha, vamos a filmar con lo que tenemos”, o sea 75 mil dólares. Los presupuestos que habíamos recibido de las productoras nos indicaban que la película iba a costar más del doble. Fue cuando le pedí a mi mujer, quien es productora en publicidad, que fuera la productora de la película, y que su asistente sería la esposa de Diego. (Daniel Vega)

El estrés de la espera. Hay un momento en el que no sabes si vas a terminar la película. Sin duda, es la etapa más dura. Después del rodaje de Paraíso, que tuvo un costo aproximado de 130 mil dólares, no supe nada de la película por seis meses. No teníamos más plata para hacer el transfer final. Me sentía frustrado, me dedicaba a lo mío para no estresarme, y trabajaba para no pensar en el dinero de los fondos. (Héctor Gálvez)

Negocio poco seguro. El cine peruano tiene una rentabilidad precaria y riesgosa. Si no tuviera la vocación y fuera un empresario, no invertiría en cine porque es difícil que resulte bien una película y, si fuera así, no se sabe cómo reaccionará el público. En general, el público está acostumbrado a un cine norteamericano con ciertos relatos, actores y temáticas. Un cine diferente no siempre será aceptado. (Augusto Tamayo)

¿Vale la pena hacer cine en el Perú? Es una locura, pero es alucinante. Prefiero hacer cine que meterme a un banco con terno a repartir dinero. Sé que yo y todos los directores se divierten un montón haciéndolo. No tienes el auto ni la casa, no te alcanza para comprar una caja de Malboro y empiezas a fumar Montana, y llegas arañando a fin de mes. Pero como diría mi abuelo, nadie te quita lo bailado. (Frank Pérez-Garland)

Reincidencia pese a la tortura. A mí me interesa la parte artística: escribir, dirigir y editar. Sin embargo, es inevitable enfrascarse en labores de oficina como llamar, mandar correos, buscar dinero y distribuidores. Filmar películas en el Perú implica depresiones, lo que afecta hasta la salud. Es una chamba de varios años, para que luego saquen tu película de la cartelera en unas semanas. Es una gran frustración, pero vuelves a meterte a un proceso similar. Hay que ser medio masoquista, ¿no creen? (Álvaro Velarde)