[Crítica] Festival de Lima: «La vida invisible de Eurídice Gusmão», de Karim Aïnouz

Dos hermanas. Brasil, años 50. El director Karim Aïnouz desarrolla «La vida invisible de Eurídice Gusmão» («Un Certain Regard», Cannes 2019) en el contexto paradigmático de la sociedad conservadora brasileña. Y se sirve de los tópicos del melodrama para evidenciar y denunciar “la situación de la mujer” de aquellos tiempos.

Guida (Julia Stockler), hermana de Eurídice (Carol Duarte), deviene en la mujer proscrita de la sociedad por madre soltera, la “mujer pública”. Su hamartía fue haber huido con un marinero mujeriego. Eurídice es el arquetipo de la víctima, cuya agencia es tan pasiva que todos deciden por encima de ella, aun (y sobre todo) si va en contra de su felicidad. Se le encaja un matrimonio arreglado, se le impide continuar sus estudios de piano, su nostalgia es tomada por locura. Separadas una de la otra, Guida cree que su hermana vive en Viena; Eurídice, que Guida nunca volvió de Grecia. Ambas, sin embargo, están en Río de Janeiro, en polos opuestos de una sociedad que además de machista, es clasista. Su reencuentro parece imposible, y en buena parte esta imposibilidad se sostiene en el poder de los hombres y los roles que estos les asignan a la mujer.

La nostalgia y la impotencia marcan el ritmo de la historia. La imposibilidad de reencontrarse es una “imposibilidad de ser mujer”, en tanto están supeditadas a un sistema que no pueden franquear. Las figuras masculinas son rígidas, dominantes, al borde del estereotipo: el patriarca de la familia, autoritario inflexible, que destierra a Guida por embarazarse antes del matrimonio, o el marido de Eurídice, que no ve bien que su esposa quiera estudiar. La dinámica sexual sirve constantemente como eje de opresión y de resistencia; disfrutar está prohibido, tan solo complacer al hombre permite negociar alguna salida, por mínima que sea.

El director maneja con soltura los picos de drama y tensión, con una puesta en escena impecable, pero apela a una emoción excesiva para conjugar su denuncia. El esquema no tarda en tornarse reiterativo: todo está enfocado en hacernos dar cuenta de lo duro que es ser mujer, una y otra vez. La conmoción barre con la sutileza, los trazos tienen pocos matices: de antemano, no hay solución posible, y solo queda alargar el sufrimiento hasta el final. El hartazgo de Eurídice, la desesperanza de Guida, la evolución de los personajes pierde peso ante la demostración de sus vidas conflictivas y “arruinadas”. La resolución de la escena del restaurante, uno de los puntos más altos del filme, evidencia que lo que prefigura y anula un posible reencuentro depende de dónde decida ponerlas el director, mas no de un desenvolvimiento orgánico de sus acciones.

Esta “lejana cercanía” de las hermanas recuerda a «Al otro lado», de Fatih Akin, donde también el esquema social es más grande que sus personajes. Pero en la cinta de Akin, los recursos narrativos entre los que navegan los personajes condensan situaciones más complejas, cuyo desenvolvimiento llega más allá de la propia imposibilidad de lograr un objetivo. En cambio, en la cinta de Aïnouz, los encuentros y desencuentros están sellados desde el principio por la misma rigidez con la que el director dotó a sus “antagonistas”, quedando tan solo el azar como eventual intermediador y la necesidad de un epílogo para cerrar la historia.

No obstante, la fuerza de las actrices sostiene la película. La contención de sus gestos, la energía de sus desfogues, sobre todo en las escenas donde se atisba una subversión al orden establecido, un escupitajo ante la inmovilidad y la impotencia, lima algunas irregularidades.

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