[Crítica] «Retablo», esperado estreno peruano en Netflix

Desde hace unos días, la película Retablo, premiada en múltiples festivales internacionales, está disponible en Netflix desde diversos países. Esta inclusión permite equilibrar un poco las perspectivas que se tiene respecto a la producción cinematográfica peruana en dicha plataforma audiovisual, pues ahí también encontramos otras películas nacionales que no hacen más que vendernos la idea de que los antagonismos sociales pueden resolverse momentáneamente desde el séptimo arte. En este contexto hace su aparición esta película de temática andina para servir de contrapeso, ya que introduce problemáticas latentes aún en el interior del Perú, y que otras películas “peruanas” (léase limeñas) de hace algunas décadas evitaban abordarlas.

Debemos comenzar señalando que el título de la película refiere a una de las producciones del arte popular de Ayacucho, región localizada en el sur andino nacional y donde estará ambientado el filme. Asimismo, la película acierta al preservar una fidelidad lingüístico-cultural, puesto que se construye, casi en su totalidad, en idioma quechua, lo cual genera un plano narrativo mucho más cercano con el espacio andino. Esto es un logro desde ya, pues no hubiese sido factible haber empleado el castellano porque se hubiese apreciado demasiado impostado e inverosímil frente al contexto cultural representado. Respecto a la trama, esta gira en torno a la formación como retablista de Segundo Páucar (Junior Béjar), quien aprenderá de Noé (Amiel Cayo), su padre, las tareas que implica esta labor. De esta manera nos sumergimos en el taller de este último, para fisgonear desde la cámara la relación padre-hijo, la cual notamos muy íntima a partir de la mirada deseante de Segundo por aprender constantemente de su mentor, o cuando en algunas escenas lo acompaña a diversas reuniones o encuentros de trabajo. Para cerrar la triada familiar tenemos a Anatolia (Magaly Solier), quien ocupa el rol de madre y esposa a la vez, encargándose así de los cuidados domésticos, los cuales solamente durarán hasta el descubrimiento de la noticia perturbadora que removerá la tranquilidad familiar. Este detonante de la película repercutirá crucialmente sobre la psique del hijo, protagonista principal, quien se verá en una disyuntiva sobre qué posición asumir ante semejante encrucijada.  

La película optará por privilegiar la perspectiva de Segundo, cuyo devenir será muy conflictivo como señalábamos, puesto que fluctúa entre dos modelos de afrontar la masculinidad: por una parte, ser como el padre, un retablista que no asume los modos patriarcales de ser “hombre”, y por el otro, la concepción patriarcal andina, representada por su amigo Mardonio y demás muchachos de su comunidad, así como también en las tradiciones populares que implican demostrar la virilidad a partir de la violencia. Aquí podemos señalar que Retablo logra poner en escena un dilema propio de la juventud, el cual si bien en esta película sucede en el espacio andino, no forma parte únicamente de este, sino que es posible trasladarlo a otros contextos de acuerdo a sus variantes socioculturales. El meollo del problema principal radica en qué posición asumir frente al desmoronamiento de la figura ideal paterna. Si anteriormente esta funcionaba como modelo y, a la vez, algo sagrado, después de ser quebrada sus ilusiones Segundo deberá optar por una salida ética frente a ello.

Respecto a las locaciones, debemos mencionar que estas fueron cuidadosamente seleccionadas. Si bien habíamos mencionado que la historia sucede en Ayacucho, no nos encontramos frente a un espacio totalmente urbanizado u homogéneamente andino, sino en uno que podemos denominarlo como modernidad andina. En esta coexisten los modos de concebir la vida de acuerdo a costumbres tradicionales del Ande, junto con patrones de la modernidad capitalista, la cual está retratada a partir de las idas y vueltas de los protagonistas a y desde el centro de Huamanga, con el fin de vender los retablos y comprar la materia prima para elaborarlos. Mencionamos esto último pues la familia Páucar no habita en la centralidad ayacuchana, sino en las afueras de esta, casi a las alturas y sin tantos vecinos de por medio. A propósito de la puesta en escena, debemos elogiar la representación de las costumbres tradicionales, cuyos carnavales ayacuchanos o las celebraciones de cumpleaños en la cultura andina del sur peruano fueron finamente incluidos. Esto último se logró gracias al decorado, así como también a la fotografía empleada, ya que la mayoría de las escenas traspiran naturalidad gracias al lente utilizado.

Asimismo, es indispensable recordar los encuadres, planos y movimientos de cámara utilizados a lo largo de toda la película, con lo cual se produce un espacio andino muy dinámico que era necesario actualizar respecto las películas que se inscriben en la misma área geográfica. El único elemento que fue manejado con suma cautela fue la música, aunque es comprensible la baja preponderancia que ocupa, puesto que los diálogos junto con el lenguaje visual son lo más resaltante de la película. Finalmente, respecto a las actuaciones, el debut de Junior Béjar es notable, ya que hay que añadir que él no es actor de formación. Del mismo modo, la actuación de Magaly Solier se destaca en ciertos pasajes de la película, aunque una vez más la veamos en papeles de protagonistas andinos, como si fuera la única actora capaz de asumir dichos roles. Amiel Cayo exhala tranquilidad, con lo cual se vuelve una figura aparentemente mesurada hasta que se devele su verdad.     

Para concluir, debemos reconocer el gran mérito del director Álvaro Delgado-Aparicio en esta ópera prima, donde unifica todos los recursos cinematográficos para dejarnos esta película imborrable. Sirviéndose de una puesta en escena muy lograda y para nada maniquea, Retablo pone en movimiento los dilemas de la adolescencia en un mundo andino cargado de elementos patriarcales que todavía resuenan en la contemporaneidad. Pero como decíamos líneas atrás, el contexto sociocultural que engloba la obra no será impedimento para que la visualicen desde otras coordenadas geográficas, puesto que la forma cinematográfica adoptada posibilitará que el contenido de la película se universalice sin problema alguno. La violencia, en este último punto, jugará un papel importante, pues es algo aún latente en la conformación de las sociedades a nivel global, y, particularmente en la película, será un parteaguas que pondrá en jaque la decisión del personaje principal. El devenir de Segundo es incierto, pero sabemos que sus decisiones no reproducirán las tradiciones patriarcales que lo rodean.

De esta manera, el cine de temática andina demuestra su actualidad en filmes como este, pues todavía es un campo lleno de contradicciones sociales permeado de rezagos coloniales, los cuales podrían ser explorados en futuras películas. Películas como Wiñaypacha, Casos complejos y La cantera (cuyo estreno fue pospuesto por la pandemia), por mencionar solo algunos títulos recientes, evidencian que existen otras historias que narrar fuera de la centralidad limeña a la cual recurre constantemente el cine “peruano”. Mirarse fuera del ombligo es una tarea que los directores de estas últimas películas realizan a contracorriente, para recordar que el cine peruano no es solo la visión hegemónica de un grupo de productoras y artistas.

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1 comentario

  1. […] blanco y negro, y protagonizada por Amiel Cayo (reconocido recientemente por su protagónico en «Retablo»), «Samichay» nos invita a acompañar a un humilde campesino en las alturas cusqueñas y a su […]

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