[Crítica] Festival de Lima: «Volver a vivir», de Wilfredo Medina

El tema del conflicto armado interno peruano todavía continúa interpelándonos como sociedad, pues las heridas psíquicas ocasionadas por aquel suceso no han sido suturadas de la mejor manera en el imaginario nacional. Si bien el cine peruano tiene un interés por explorar desde la ficción y el documental sus causas y consecuencias, todavía hace falta abordajes que exploren dimensiones territoriales distintas a la andina, como es la amazónica, donde también el conflicto se desarrolló. Recientemente, investigadores del tema han publicado libros sobre el impacto de la violencia política en aquella área geográfica. En ese sentido, el documental Volver a vivir se introduce por esa vertiente, para señalarnos que la Amazonía también se vio afectada por el conflicto armado.

Este documental, dirigido por Wilfredo Medina, se concentra en los efectos del conflicto armado en el centro poblado Naylamp de Sonomoro, ubicado en la región de Junín, en la selva central peruana. A diferencia de documentales que se inscriben en el mismo periodo, Volver a vivir se aproxima a las consecuencias sociales y psíquicas que atravesaron los habitantes de dicho centro poblado después de un genocidio perpetrado por mandos militares de Sendero Luminoso (SL), en aquel fatídico 12 de abril de 1990. Para urdir su propuesta, el director se sirve de la memoria de algunos sobrevivientes o familiares cercanos a ellos y de archivos audiovisuales que le permite rescatar, entre lo más resaltante, los videos del entierro público que realizaron los pobladores de la comunidad con sus fallecidos.

En las primeras escenas, registradas en diciembre de 2016, la voz testimonial del sobreviviente Rider Aucayauri nos describe el espacio social y político de Naylamp de Sonomoro cuando sucedió el genocidio. Según lo relatado, este habría ocurrido debido a la venganza de las huestes de SL contra un dirigente de las rondas campesinas, para que, posteriormente, ellos expandan la violencia a casi gran parte de la comunidad de ese entonces. Posteriormente, se introducen los testimonios de personas directamente afectadas por la matanza senderista, sean padres, hijos, hermanos o tíos de las víctimas o desaparecidos. La narración testimonial, en ese sentido, grafica con semejante crudeza las escenas de aquel momento, cuando la vida es llevada a los límites, oscilando como un péndulo entre sobrevivir o morir. Las distintas reacciones de congoja y melancolía al momento de relatar los sucesos constatan que los procesos de duelo no fueron resueltos en todo los casos de la mejor manera. En ese sentido, se vuelve palpable la ausencia de políticas públicas que hubiesen permitido reparar los daños psicológicos, lo cual ocurriría recién parcialmente algunos años después. 

Posteriormente, el documental filma el proceso de reparación, que va desde 2016 a 2018, iniciándose en diciembre, cuando se realiza la exhumación de los cuerpos que se encontraban en una fosa común en la plaza del centro poblado. En este pasaje una vez más veremos a los testimoniantes recobrando la tristeza, pero de manera más calmada. Al año siguiente, el 12 de abril de 2017, conmemorándose un año más del genocidio, el director vuelve a grabar a tres mujeres parientes de fallecidos en sus vidas cotidianas. A dos de ellas las vemos en un negocio propio, a la restante en su casa. Aparentemente están “mejor”, pero no es lo que parece. Vemos que una evita hablar del tema, mientras que las demás dicen que tratan de sobrellevarlo.

Este proceso no se cerraría sino en 2018, cuando se realice una ceremonia pública en la plaza de San Martín de Pangoa, ciudad cercana a Naylamp de Sonomoro, en cuyo sótano se velaría a las víctimas y se entregaría a los familiares un documento simbólico de reparación por parte del Estado. El discurso que emite un dirigente de la comunidad en dicho evento revela que si bien hubo violencia por parte de los senderistas, aquello se debió en parte al desinterés político del gobierno central por las condiciones en las que vivían las comunidades o centros poblados que se encuentran alejados de la capital. Finalmente, las últimas escenas del documental registran la conmemoración del  12 de abril de 2019, fecha en que los pobladores recordaron los 29 años de la masacre. El ethos democrático ya se ha instalado en el centro poblado. Vemos a los habitantes congregarse en la plaza, donde juegan (quizás) las hijas o sobrinos de los sobrevivientes. Las vemos que ríen mientras juegan voley. Algunos profesores marchan alrededor de la plaza. Las fuerzas policiales resguardan la seguridad de la ceremonia. Todo parece haber mejorado. Sin embargo, cabe hacerse la pregunta: ¿Fue con la llegada de la democracia que se resolvieron todos los problemas del conflicto? La ideología del emprendimiento (neoliberal, guardando las distancias en este caso específico) parece haberse asentado en esta comunidad, para tapar el agujero de los procesos de duelo que aún faltan consumarse.                   

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