[Crítica] Festival de Lima: «El canto de las mariposas»

Los animales para las comunidades amazónicas no tienen un simple significado. Aquellos son espíritus que adoptaron esa forma luego de haber transitado por la tierra. Esta premisa cultural es una de las fundamentales para entender El canto de las mariposas, ópera prima de Núria Frigola, con la que compite en este 24° Festival de Cine de Lima en la sección documental. La trama del filme se concentra en la figura del artista uitoto Rember Yahuarcani, quien emprende un viaje hacia la Amazonía para indagar sobre su historia familiar y, de esa manera, reencontrar la pulsión creativa que le hace falta para continuar pintando sus cuadros. 

En las primeras escenas, atisbamos el espacio íntimo del artista, su taller personal, que se encuentra en un apartamento de los edificios laterales que rodea a la plaza San Martín. La voz en off de su abuela Martha recitando íkaros, aquellos cantos tradicionales de las etnias amazónicas, aparecen para remecer su fuero interno. Y es que, como lo escuchamos relatar, es ella quien posibilita su trabajo, pues el recuerdo de su voz le otorga ese impulso necesario para su producción artística. Sin embargo, ahora que busca narrar la violencia que sufrió la Amazonía debido a la explotación del caucho, a inicios del siglo XX, su estímulo artístico se ve paralizado, por lo que requiere de un viaje que le permita recapitular su memoria personal y colectiva. 

Durante su estadía en la Amazonía, la primera parada será Pebas, lugar donde vive su familia. En aquellas escenas donde dialoga con su madre, los planos medios del artista, que enfocan su mirada perdida, remarcan su deseo por saber la historia incierta de la comunidad uitoto, específicamente del clan de la garza blanca, de donde proviene su linaje paterno. Vemos también a sus padres, cada uno empeñado en la enseñanza de la elaboración de artesanías o pinturas populares a las niños pequeños, por medio de narraciones de la tradición oral que buscan preservar su identidad cultural. Todo lo recogido allí permitirá que Rember Yahuarcani viaje a su segunda parada: La Chorrera, ubicado en la Amazonía colombiana, donde todavía se encuentran algunos miembros de su misma etnia. El registro documental del recibimiento del pintor tiene un alto valor antropológico, pues Núria Frigola filma los cánticos que entonan los pobladores uitoto ante su llegada. Otra de las escenas relevantes del filme sucede posteriormente, cuando el artista visite la casa Arana, epicentro de la tortura y el genocidio amazónicos. 

En líneas generales, podemos señalar que El canto de las mariposas escenifica secretamente el conflicto entre dos lógicas distintas. Por una parte, la del mundo urbano, cuya vida agitada e hiperproductiva nos convida constantemente al olvido, mientras que, por otro lado, la lógica amazónica, prioriza el saber popular como factor indispensable para su cultura. Para escenificar dicha contraposición la directora hace una notable utilización del archivo (sonoro y visual) y del montaje. Del primero recoje los íkaros que recitaba la abuela Martha, así como también las fotografías del período de la explotación del caucho, en las cuales vemos a los pobladores de las etnias amazónicas junto con los trabajadores de la compañía extranjera. Este material audiovisual es aprovechado de la mejor manera gracias al montaje, pues este lo intercala progresivamente a lo largo del documental, con lo cual activa una forma narrativa que nos recuerda que las huellas del etnicidio amazónico, a principios del siglo pasado, todavía han sido borradas de la memoria popular. 

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1 comentario

  1. […] «El canto de las mariposas» consolida la experiencia del volver, la conciencia de las interrelaciones del pasado con el presente y el ánimo de reminiscencia del creador ante el propio cuestionamiento del propósito de la obra. Rember Yarhuarcani dialoga con sus raíces y toma el encargo de las mujeres y hombres del clan para dar a conocer sus historias de vida y que estas jamás vuelvan a ser aplacadas. […]

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