El salto temporal de una niñez. La coproducción peruano—argentina Imapaqmi peliculata ruwasunman (¿Para qué hacer una película?) (2018), que es fruto de la labor conjunta de la comunidad campesina de Yanacona, en Cusco, y que tiene la coordinación audiovisual de Tomás Saralegui y Luz de la Fuente Bordalecu, es un bello documental que sorprende de principio a fin.

Muestra la trayectoria de cuatro años de una familia campesina cusqueña que vive en la frontera entre el paisaje natural y la construcción invasora, la cotidianidad local y el contacto turístico asimilado con humor, la compañía abrigadora y el viaje a Lima en busca de trabajo, plata y más uso de tecnología digital para paliar la ausencia. “Este es un hueso humano, es de un turista que no compró nada”, dice en inglés la resuelta protagonista, como una pícara advertencia, a un grupo de visitantes que oscilan asombrarse fuera del encuadre.

No hay testimonios ni voces explicativas en off, sólo se mimetiza la cámara con los personajes. El relato es muy sutil en la evolución de un grupo humano y su entorno, y el principal elemento que la conduce es un niño. Su visible crecimiento y paulatino aprendizaje sentimental va en paralelo a la modificación de la campiña y a los planes familiares de migrar. Y la causa del desbarajuste es el famoso proyecto del Aeropuerto de Chinchero, uno de los recientes vehículos en el Perú de la agresión del llamado “progreso” a la tranquilidad social y la conservación del patrimonio natural, y a la postre uno de los instrumentos de la crisis política del último quinquenio. Incluso aparece brevemente, junto a su entonces acompañante vicepresidente Martín Vizcarra, el ex presidente de la República Pedro Pablo Kuczynski, en una de sus recordadas anárquicas alocuciones:

“Protejamos el valle que está por ahí. No arruinemos todo, construyendo muchas cosas mal hechas; dejemos todo bonito y limpio; habrá una pista de 4 mil metros, o sea todos esos loquitos que dicen que de aquí no se va a despegar, que se tomen una pastilla”, vocifera el remoto mandatario, antes de que se oigan los clamores de libertad del Himno Nacional. Es una reminiscencia más en el hilvanado colectivo, que sin duda ironiza con la condición efímera del poder y la promesa.

La historia va dejando atrás los videos más borrosos y caseros con los que la familia revisa sus pasos, y una textura de mayor nitidez predomina, mientras que jóvenes y hasta infantes usan igualmente cada vez más las cámaras modernas, que registran, por ejemplo, la visita presidencial “histórica”, como la proclama el locutor oficial. La naturaleza paulatinamente pierde exuberancia y su rol de gran jardín para la exploración del niño Lhian, que al inicio llega al punto de imitar ruidos de los animales y de provocar un momentáneo extravío en medio de los rincones del “patrimonio”, cuya cercanía y prevalencia es justamente lo que está por estropearse.

De la fugaz explicación del proyecto des/constructivo por su ejecutor de turno a la ruma de escombros, de la perplejidad de Lhian a la estancia en la ciudad, de los planes menudos a las inocentes proyecciones del niño que la mamá fomenta, la dirección compartida por Tomás Saralegui y Luz de la Fuente Bordalecu con la comunidad de Yanacona, logra afinar un retrato de resiliencia y bonhomía en el tránsito forzado del campo a la ciudad, que como dice el título se plantea si los primeros años de una vida pueden equivaler, y servir, al primigenio ejercicio de la narración cinematográfica. Y sí, por supuesto. De paso, la criatura ha empezado a descubrir lo que es vivir en el Perú.

Esta crítica forma parte de nuestra cobertura especial del 2° Festival de Cine Latinoamericano en Lenguas Originarias, que se realiza del 11 al 15 de marzo del 2021.