[Crítica] «Misión imposible: sentencia mortal – Parte 1» (2023)

mission imposible 2023

El juego de lo invisible. Grabada por el impulso estentóreo de Tom Cruise en la penuria de la pandemia que al inicio diezmó la maquinaria de Hollywood, y estrenada en medio del inquietante avance de la inteligencia artificial, «Misión imposible: sentencia mortal – Parte 1» (Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One, 2023) utiliza, en términos de Saddam Hussein, la madre de todos los McGuffin: una llave inescrutable cuyas mitades están en diferentes lugares del planeta y que puede acceder a una etérea «Entidad» que controle y manipule el ciberespacio y por extensión el orbe entero.

El anzuelo está en la primera secuencia, antes de los créditos, cuando un submarino ruso observa en su radar una amenaza inexistente y provoca en su sistema un desajuste autodestructivo, como lo parodió Stanley Kubrick en «Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba» (1964). El director Christopher McQuarrie, que trabaja con Cruise desde «Jack Reacher» (2012) y en esta saga ha firmado las entregas quinta y sexta, «Nación secreta» (2015) y «Fallout» (2018), plantea el dilema de la época: ¿esto es real? ¿Las máquinas que hemos creado inventan una realidad paralela al margen de nosotros? ¿Nuestros sentidos pueden ser burlados? ¿La humanidad puede defenderse de este peligro? ¿Quién controla la falsificación? Y luego aparece Tom en una oscuridad misteriosa que recuerda al Kurtz recóndito de Coppola en «Apocalipsis ahora», y a la vez al Willard que recibe la misión que no se puede reconocer oficialmente. No deja de ser, por cierto, una señal de cómo se aprecia a sí mismo el actor y productor, que con 61 años de edad y 40 de estrella empieza a ser legendario.

En la línea de lo que enseñó Alfred Hitchcock, el McGuffin sirve para crear a su alrededor un torrente narrativo sin develarlo, así como nunca importó mucho qué había en el maletín negro de «Pulp Fiction». El relato está lleno de contorsiones físicas y argumentales y las citas cinéfilas continúan. «The General» de Buster Keaton, «2001, odisea del espacio», «La aventura del Poseidón», «Titanic», etc., es decir abundan los rasgos catastrofistas, que puede aludir al caos global del covid. Una acción trepidante que trasciende jerarquías y procedimientos gubernamentales y juega simbólica y literalmente con las máscaras y los simulacros, como si la Entidad fuera los mismos seres humanos enloquecidos como siempre por el poder absoluto, militar, político, económico, tecnológico, social, cultural.

El leit motiv es la capacidad del ocultamiento y el engaño: el personaje de Cruise por ratos actúa con otra cara, al igual que la enigmática Hayley Atwell, Esai Morales no es visibilizado por las cámaras de seguridad en aeropuertos sofisticados y Cruise por momentos tampoco; el más alto funcionario de la seguridad estadounidense finge no estar físicamente en una específica situación grave y sus subordinados la dominan sin rendirle cuentas.

La propuesta funciona en el ritmo y el concepto, pero ese gran McGuffin en algún instante se agota en un metraje de 163 minutos, aunque la habilidad de McQuarrie alcanza con energía el clímax y todavía anuncia la segunda parte a lanzarse en junio de 2024. Con el despliegue humano que no tienen los superhéroes de Marvel, Cruise va a seguir volando como un pájaro exacerbado, guapeando a toda su poderosa industria, y su Ethan Hunt, sacándole la lengua a James Bond, se ha consolidado como el arquetipo ambiguo que anida en los servicios secretos internacionales, sorteando fronteras y destruyendo locaciones europeas, para hacer y deshacer en la penumbra los destinos del mundo.

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