Armando Robles Godoy, escritor: «La muralla verde y otras historias»

La-muralla-verde

(Este texto fue leído en la presentación de la reedición del libro La muralla verde y otras historias de Armando Robles Godoy, el año pasado en la FIL Lima)

La modernidad: una conciencia nueva del tiempo

Entre los críticos de cine es casi un lugar común decir que Armando Robles Godoy representa la modernidad en el cine peruano, pero diría yo que también la representa en la literatura peruana. La modernidad que desde fines del siglo XIX se asocia con la experiencia urbana, la industrialización, el desarrollo de la tecnología, los movimientos sociales, el psicoanálisis, la interconexión global. Esta modernidad que genera una nueva concepción del tiempo, que ya no se percibe único y lineal sino variado y simultáneo. «El descubrimiento – como dice Hauser- de que, por un lado, el mismo hombre experimenta tantas cosas diferentes inconexas e inconciliables en un mismo momento, y de que, por otro, hombres diferentes en diferentes lugares experimentan muchas veces las mismas cosas» (1969, pp. 293-294).

Esta nueva conciencia del tiempo entra en la filosofía a través de Bergson, y en la narrativa del siglo XX a través de Proust, Joyce, Woolf y Faulkner. En el cine se manifiesta en algunos filmes de vanguardia de la década de 1920, y, después de la Segunda Guerra Mundial, en la obra de autores como Antonioni, Fellini o Resnais, representantes del llamado -precisamente- cine de la modernidad, en oposición al denominado cine clásico que se caracteriza más bien por una concepción lineal del tiempo deudora de la novela decimonónica.

Armando Robles Godoy es en el Perú un pionero en esta representación moderna del tiempo en el cine, como lo demuestran sus largos En la selva no hay estrellas, La muralla verde, Espejismo, Sonata soledad, y su corto El cementerio de los elefantes. En todos estos se mezclan y a menudo se confunden intencionalmente por medio del montaje tiempos objetivos y subjetivos, pasado, presente y futuro, recuerdos, alucinaciones, sueños e imágenes mentales…  Pero Robles es también un pionero en esa representación del tiempo en la literatura peruana, como lo acreditan su novela Veinte casas en el cielo (publicada en 1962, es decir, un año antes que La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa) y este libro de cuentos que incluye -precisamente- los relatos “En la selva no hay estrellas” y “La muralla verde”, escritos con anterioridad a la realización de sus largometrajes homónimos y que inspirarían a estos. 

El cine y la literatura emplean lenguajes distintos con técnicas diversas y Robles Godoy advertía con frecuencia sobre esas diferencias en sus clases y sus intervenciones públicas. Sin embargo, tanto los cuentos como los filmes de Robles Godoy remiten a esta nueva concepción del tiempo a través del uso de puntos de vista variados, analepsis y prolepsis, además de elipsis, repeticiones y alternancias. Y dialogan entre ellos, y con las obras de los grandes autores de la literatura del siglo XX y del cine de la modernidad.

Así, en “Los tres caminos” se exponen tres puntos de vista simultáneos sobre un mismo acontecimiento (lo que Genette llama focalización interna variable), que evoca a Faulkner, pero también a Ryūnosuke Akutagawa y al Kurosawa de Rashomon. La austera “El rabión”, por su parte, remite a Hemingway, y “El culo de Carmen” emplea una focalización variable, pero con sentido irónico. Esa misma ironía es también la que aleja a un cuento como “El cura Andrade” de los relatos andinos de López Albújar, y a “Una carta de amor” del género epistolar del siglo XIX. En cuanto a “Palmeras” el diálogo que establece es con dos obras cinematográficas del mismo Robles: el segundo corto (o movimiento) de Sonata soledad y el El cementerio de los elefantes, con sus cruces de destinos y vientos renovadores para las parejas o los individuos.

Otro diálogo más o menos evidente de la obra literaria y cinematográfica de Robles es el que establece con la de ciertos escritores de la Nouvelle Roman y cineastas de la Rive Gauche, contemporáneos suyos. En particular con Alain Resnais. También con Robbe-Grillet y Marguerite Duras, aunque a diferencia de estos últimos, escritores-cineastas como él, su obra es mucho más territorializada.

El territorio: el Perú y los políticos – la falsa modernidad

Pues hay también en los cuentos de este libro no solo una representación moderna del tiempo, sino también la de un gran espacio: el territorio del Perú (como ocurre asimismo en las películas de Robles). Los cuentos se ambientan en la selva (“La muralla verde”, “En la selva no hay estrellas”, “El rabión”), en la sierra (“El cura Andrade”, “Frío”), y en la costa (“Los tres caminos”, “Palmeras”, “El culo de Carmen”). No se trata de cuentos desterritorializados, aunque sí filtrados por la mirada del narrador omnisciente y acotados por las distintas focalizaciones, de modo que un mismo espacio puede ser para unos personajes final y, para otros, comienzo, como en “Palmeras”; o final y comienzo para un solo personaje, como en “Frío”.

Esta ubicación espacial se funda en un conocimiento empírico de las regiones del Perú. No olvidemos que Robles perteneció a una generación de clase media que pretendió asumir la representación política del país y que para ello se planteó, antes, recorrerlo y conocerlo. Inquietud que Fernando Belaunde sintetizó en el slogan “la conquista del Perú por los peruanos”, entendiendo por peruanos a ese sector mesocrático profesional e ilustrado que pretendió liderar. Robles no solo fue colono en la selva, sino que recorrió todo el Perú como fotógrafo para el ambicioso Reportaje al Perú que impulsó el diario La Prensa a comienzos de los años sesenta del siglo pasado. Su conocimiento de la variada geografía y cultura del país fue paralelo al de sus instituciones débiles y sus políticos corruptos.

Es por eso que el discurso colonizador, desarrollista y progresista es severamente cuestionado, en particular en “La muralla verde”, donde se le revela falaz y demagógico, usado como disfraz por un poder frívolo, ineficiente y burocrático que dificulta la vida de la familia de colonos y es el verdadero causante (y no la serpiente) del destino del niño Rómulo.

El arte como trascendencia

“La muralla verde” es el relato más conmovedor del conjunto, así como “En la selva no hay estrellas” es probablemente el más virtuoso desde el punto de vista del empleo de las técnicas narrativas. Como sabemos, Armando Robles Godoy vivió como colono con su familia en la selva; “La muralla verde” tiene, sin duda, rasgos autobiográficos. Marcela Robles ha revelado en el bello prólogo del libro que el toro Mendelsohn realmente existió, que fue querido por los niños y tuvo la muerte trágica que en el cuento se relata. El destino del niño Rómulo, por su parte, indigna y entristece; pero el final de la historia contiene una contundente afirmación de la vida a través del arte. 

En algunos pasajes del relato se insinúa que Rómulo tenía un temperamento artístico (“Rómulo creaba la belleza”, se lee en la página 173), y se sugiere que el molino musical que el niño inventó para el pueblito de juguete, pacientemente construido por él, era su obra maestra. Al final del cuento, después de muchas vicisitudes y adversos sucesos, y transcurrido el tiempo, se lee que “el molino de Rómulo siguió girando y cantando”.

Es por eso tan importante la publicación de este libro, pues constituye una prueba tangible del triunfo del arte de Armando Robles Godoy sobre la muerte y el olvido; al leerlo constatamos que el molino de Armando también sigue girando y cantando.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *