Extractos de la Constitución italiana flotan entre las nubes mientras el cielo se tiñe de rojo, verde y blanco; música dance electrónica a todo volumen, plano general de un elegante palazzo italiano, y, pocos segundos después, el presidente de la República, un Toni Servillo de semblante cansado y mirada curiosa, aparece en primer plano. La grazia, fantasía pop política dirigida por Paolo Sorrentino, sugiere desde su prólogo que la mayor investidura en Italia, como la mayoría de instituciones liberales, está a punto de tornarse una reliquia sin propósito y una entrañable contradicción. Desprovisto de la mayoría de funciones ejecutivas, atrapado en una mansión otrora impresionante y ahora decadente, el presidente es un monolito en vida, símbolo sin significado, ley sin efecto. Por supuesto, para nadie es noticia el cine ha hecho todo lo posible por desentrañar los pecados de cada figura del poder, incluida la presidencial, pero solo Sorrentino parece dispuesto a condenarla al aburrimiento.
En cierto grado, Mariano de Santis, el presidente que interpreta Servillo, no se aleja de su Jep Gambardella, escritor asfixiado por un propio imperio hedonista que deambula por las calles de Roma en busca de propósito en La gran belleza (2013). Hasta cierto punto, la mirada alicaída y actitud melancólica del personaje -así como la tensa relación con su hija, asesora presidencial- recuerdan al Fred Ballinger de Youth (2015), el compositor de orquesta retirado que se resiste a volver a dirigir en un escenario. También hay un poco del cardenal Brannox, el papa que interpreta John Malkovich en The New Pope (2017), quien, como el presidente en La grazia, es un líder confinado a su pequeño mundo de rectitud legal y moderación mientras su pueblo se polariza cada día más. A su modo, Sorrentino parece obsesionado con el hombre maduro, creador maximalista, pero ahora deambulante austero, el líder sin rebaño, el ícono cansado, en duda, incapaz de disfrutar su propio poder y e impotente ante su presencia.

Consideremos, si no, el altercado entre el presidente y su hija, su principal confidente político, en torno a una controversial ley de eutanasia. La hija insiste en que, en los pocos meses que le queda de mandato, su padre firme la ley en la que ha estado trabajando por meses, pero admite, frustrada, que él es demasiado cobarde para hacerlo. “Reduces un tema muy complejo a una cuestión de cobardía y valor”, replica el presidente, en una frase que condensa bastante bien el dilema presente en la mayoría de películas de Sorrentino. Miremos si no, a sus protagonistas recurrentes. Gambardella es un cobarde porque no ha vuelto a escribir, de la misma manera en que Ballinger lo es por dejar de componer y lo es Brannox por dudar de su fe. Amparándose en la excusa del duelo y refugiándose en los hitos del pasado y su creciente autocomplacencia, cada personaje adormece su espíritu hasta el absurdo: el mundo a su alrededor se sigue moviendo, pero hace mucho que ellos se han bajado.
De hecho, el mundo en Italia se mueve mucho más rápido que su presidente. El papa a quien llama su amigo es de origen africano y de tez morena. La nueva generación le exige reformas liberales como la aprobación de la eutanasia. La editora de la revista Vogue, también de salida, es 30 años menor que él. Y, aun así, el Presidente debe participar en los mismo rituales arcaicos que Sorrentino filma con el maximalismo de un pintor que quiere evocar un tiempo perdido: la visita de otro jefe de Estado, la aprobación de dos gracias presidenciales, la confesión con el sumo pontífice, la exhibición de una obra de arte financiada por las arcas públicas. Cada ritual de gobierno parece desbordarse en la puesta de escena de Sorrentino y, a la vez, debido a la postura retraída de su director y su protagonista, cada ritual parece condenado a la irrelevancia. ¿Acaso vale la pena seguir defendiendo una figura presidencial cada vez más anodina, un bicho raro en el parlamentarismo europeo? El conflicto en La grazia es que, a la larga, por más que él insista que sí, la audiencia duda de que el presidente genuinamente crea en estos preceptos y, en acaso lo haga, si aún está dispuesto a defenderlos.

Por el contrario, parece que al Presidente, cada vez más solitario y cansado, solo le queda una máxima luego de 7 años en el cargo: poder verse conmovido otra vez. Y, para su crédito, nadie puede decir que no hace el intento: insiste en escribirle cartas en su cabeza a su esposa fallecida, mientras averigua sin éxito quién fue el amante con quien lo engañó hace 40 años; se resiste a darle la estocada final a un caballo moribundo y opta por preservar su natural agonía; se resiste a aprobar el indulto a dos asesinos confesos mientras se deleita con sus cartas hacia sus amantes; se queda fijo, convaleciente ante la imagen de un astronauta cuyas lágrimas flotan en una nave sin gravedad. Por supuesto, el presidente que conciben Sorrentino y Servillo es un enigma: ¿qué lo ha llevado a tal nivel de desidia? ¿Se trata de la consecuencia natural de todo aquel que es moldeado por el poder y la burocracia? ¿Se trata de una poderosa metáfora de una Italia políticamente estéril e impotente, que, como el presidente, “no maneja su futuro y mucho menos su pasado”? ¿Es acaso la forma en que Sorrentino confronta el deseo sin resolución que ha determinado toda su filmografía?
Hay quienes podrían identificar en La grazia una suerte de obituario a la política centrista y moderada, al orden de la ley, a la burocracia y su capacidad de ajuste, un lamento nostálgico de tiempos más estables. En cierto punto, la política de consensos y negociaciones, de protocolo y elegancia, esa política aburrida que tanto defiende el Presidente, parece irse con él, condenada al olvido. Sorrentino filma al presidente cada vez más retraído en su palacio, ajeno a la ciudadanía, enfatizando la creciente distancia entre él y el mundo actual, más políticamente apasionado y radical, más cínico ante los rituales políticos y tradicionales, incapaz de concebir a un político como De Santis como más que una anécdota del pasado.

Sorrentino, bastante más pulcro en su texto que en sus últimas películas, se resiste a desarrollar mucho a su protagonista, en una decisión que termina resultando bastante astuta: su personaje es más un estado de ánimo que una persona de verdad, y cualquier intento por explicar su abatimiento lo condenaría al desinterés de la audiencia. De hecho, mientras más avanza la película, más pequeño se torna el círculo de preocupaciones del presidente: atrás quedan la prevención de la investidura nacional y la confianza popular, el cariño por sus amigos y su hija, incluso el orgullo por sí mismo. Lo único que le dura es su deseo por una emoción genuina, acaso frágil e inaudita, poco probable, pero necesaria, algo que le recuerde a la persona detrás del personaje y la pasión detrás del ritual. El tercer acto de así lo sugiere. Para el presidente, visitar a los dos condenados que esperan el indulto o aferrarse a la amistad con una diva, Coco (una maravillosa, Milvia Marigliano, por cierto) son los últimos atisbos de sentido -y sentido emocional, además- que todavía le quedan.
Ante todo, sospecho que, aun con sus evidentes excesos, La grazia se volverá bastante popular en el canon de Sorrentino, posiblemente de sus películas más accesibles y disfrutables, una versión mesurada de un director que nunca parece decir que no a sí mismo. Quizás en estricto rechazo a la hipérbole visual de Parténope (2024), Sorrentino parece haber filmado uno de sus cintas más austeras hasta la fecha, permitiéndose las tomas centradas y los planos naturalistas, la cámara en mano y secuencias sin música, la ausencia de la misma explosión de color y fantasía de sus anteriores películas. Sigue siendo un filme muy suyo (sobran las escenas que se escapan de toda pretensión realista de su narrativa y las curiosas observaciones a detalles estrambóticos), pero con un tipo particular de madurez de aquel que reconoce sus excesos y que, lejos de evitarlos, los reforma y los delinea mejor para el público.
Lo que Sorrentino no ha perdido para nada, menos mal, es su sensibilidad, su vocación por el espectáculo melancólico y, por supuesto, la empatía, hasta entrañamiento, con sus personajes. Su cine nos recuerda que otras formas de ver el mundo (más bello y más decadente) son posibles, y, con La grazia, sugiere que esto también puede aplicarse a la política. Qué él se lo crea -o que lo crea el propio De Santis- ya queda a nuestra interpretación.


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