No ha pasado mucho tiempo desde que conocí por primera vez la música de Sumo y, sobre todo, supe de la existencia de Luca Prodan, alguien que parecía haber vivido muchas vidas antes de apagarse demasiado temprano. Y si algo podía percibirse al ver entrevistas suyas o incluso al escuchar detenidamente las letras de sus canciones, aun cuando algunas parecieran no tener un sentido aparente, era esa honestidad brutal que atravesaba toda su obra. Había unas ganas muy claras de hacer lo que se le cantara sin rendirle cuentas a nadie, intentando construir algo que no tuviera nada que envidiarle a bandas que gozaban de una fama mucho mayor dentro o fuera de Argentina, como Soda Stereo. Por eso, así como en estudio podía percibirse la grandeza de Sumo, también era posible sentirla en vivo. Esa energía, esa sensación de caos y autenticidad absoluta, nunca desapareció del todo, ni siquiera hasta el final.
Ese final es justamente el que registra Fuck You!: el último show, la cinta dirigida por José Luis García que funciona como un retrato del último concierto de Sumo en el Estadio Obras, realizado en octubre de 1987, apenas dos meses antes de la muerte de Prodan. Pero lo interesante de este material es que no se limita únicamente a mostrar a la banda sobre el escenario. También los sigue detrás de bambalinas, en momentos mucho más cotidianos, capturándolos desde una cercanía que termina siendo clave para entender lo que la película busca transmitir.

Incluso esa diferencia entre el escenario y el detrás de cámaras podría hacer pensar que estamos frente a dos versiones distintas del excéntrico vocalista. Sin embargo, lo más interesante es que el documental nunca termina separándolas del todo. El músico feroz y explosivo que aparece cantando frente al público sigue siendo exactamente la misma persona afectuosa y juguetona que vemos dejarse filmar con total naturalidad fuera del escenario. Ahí es donde la película consigue mostrarlo como una figura mucho más completa, alguien lleno de defectos profundamente humanos, pero también como un artista enorme.
Otro de los aspectos más interesantes de la película tiene que ver con la forma en que todo fue registrado. Lo que normalmente podría sentirse como un simple trabajo de archivo o como el rescate posterior de un metraje encontrado termina adquiriendo otra dimensión al saber que fue el propio García quien, con apenas 22 años y sin siquiera ser fanático de la banda, decidió aventurarse a grabar ese último show usando una de esas primeras cámaras VHS cuyo registro, evidentemente, está lejísimos de ser prolijo, siendo esa imperfección la que terminaría convirtiéndose en la marca registrada de toda la película.

Hay un movimiento tembloroso constante mientras la cámara intenta seguir a los integrantes sobre el escenario, como recién salida del pogo. No existen planos cuidadosamente pensados ni movimientos coordinados previamente. Todo parece surgir desde el caos más absoluto. Lo mismo ocurre cuando vemos a los integrantes tras bambalinas, ya que las entrevistas que García les hace tanto a Luca Prodan como a músicos como Ricardo Mollo o Roberto Pettinato nacen completamente desde la improvisación, tanto por las cosas que dicen como por la manera en que son encarados por la cámara.
Todo se siente espontáneo, desordenado e incluso torpe por momentos. No obstante, aquello que en otras circunstancias podría verse como una serie de errores garrafales o como un registro imposible de publicar termina funcionando precisamente por esa crudeza, porque demuestra cómo la banda quiso mantenerse fiel a sus propias convicciones hasta el final.
No hace falta profundizar demasiado en la vida de Luca Prodan -italoescocés de nacimiento- para saber cómo vivió durante su tiempo en Argentina ni cuáles eran muchas de las ideas que intentaba transmitir. Eso es justamente lo que aparece reflejado en la película. García nunca parece interesado en obtener una gran declaración trascendente ni tampoco en capturar algún acto específico de virtuosismo sobre el escenario, incluso cuando ya era evidente que todos eran músicos extraordinarios. Lo que verdaderamente le interesa es registrar cómo, incluso en esa última presentación, Sumo nunca dejó de ser Sumo.

También resulta importante el modo en que García decide reencontrarse con este archivo muchos años después sin manipularlo en exceso ni intentar convertirlo artificialmente en algo más “perfecto”. El hecho de conservar ese material con todas sus imperfecciones dice mucho sobre cómo el director observa una obra realizada en un momento temprano de su vida. Hay algo muy honesto en dejar visibles los errores, en abrazar esas limitaciones técnicas y entender que, aun con ellas, puede construirse algo profundamente fascinante siempre y cuando exista el interés suficiente para entrar en la propuesta. Esta idea hace que el documental funcione también como una especie de rescate histórico y cultural. No solamente por permitirnos tener este último vistazo a Sumo en vivo, sino porque ayuda a preservar una parte importantísima de la cultura musical argentina y latinoamericana desde un lugar completamente alejado de la restauración excesiva o de la necesidad de embellecer artificialmente el material.
Eso hace que la película se sienta también como una especie de manifiesto sobre lo que fue la propia banda. Así como los de Sumo nunca estuvieron demasiado interesados en encajar dentro de ciertos estándares estéticos, el documental tampoco parece preocupado por responder a las exigencias audiovisuales más tradicionales. Y resulta interesante verlo hoy en día, sobre todo considerando que incluso en aquella época ya existían bandas con una preocupación mucho más marcada por construir una imagen audiovisual extremadamente calculada, algo que actualmente se ha amplificado muchísimo más. Frente a eso, esta película parece pertenecer a otro mundo, uno donde esa falta de preparación meticulosa daba pie a momentos de espontaneidad casi milagrosa.

Por eso mismo, creo que Fuck You!: el último show no podría considerarse un concert film tradicional. No es The Song Remains the Same (1976), con Led Zeppelin en el Madison Square Garden, ni tampoco Pink Floyd: Live at Pompeii (1972), donde existe una construcción mucho más pensada alrededor de las imágenes y del espectáculo. Acá todo parece avanzar desde el instinto. Precisamente por eso siento que la película puede generar reacciones extremas. Para alguien que no conoce absolutamente nada de Sumo y no tiene el más mínimo interés en acercarse a la banda, este material podría resultar completamente repelente o fascinante, sin demasiados puntos medios. El documental tiene muy poco interés en ser didáctico o en explicar detalladamente quiénes eran, cómo terminaron donde terminaron o cuál fue su importancia dentro del rock latinoamericano.
Aun así, esa misma crudeza puede terminar funcionando como una invitación a descubrir su música y a dejarse envolver por todo ese caos. Poco a poco uno empieza a entender cómo el ojo de García se mueve entre los instrumentos sin un patrón realmente claro, dejándose llevar únicamente por la energía del momento. Y en el fondo eso era también Sumo: una banda imposible de encerrar dentro de una estructura demasiado rígida. Incluso el recorrido musical que propone el concierto, pasando del reggae al punk con absoluta naturalidad, termina reforzando esa sensación de libertad total que definía tanto a la banda como a Luca Prodan.
Al final, me parece que Fuck You!: el último show no es precisamente la mejor carta de presentación para conocer a Sumo. Sin embargo, si uno se acerca a la película con la suficiente curiosidad y pasión, del mismo modo en que el propio García se acercó a la banda desde el desconocimiento casi absoluto, puede convertirse en una experiencia audiovisual realmente estimulante.
Además, si uno está dispuesto a reconocer sus fallas, aceptar su desorden y simplemente dejarse llevar por la música y por toda esa energía irrepetible, entonces termina siendo un trabajo totalmente digno de revisitar, uno que no debería tener nada que envidiarle a otros grandes documentales sobre bandas de rock mucho más exitosas o reconocidas. Porque incluso en un registro tan tardío y tan imperfecto, el encanto de Sumo sigue manteniéndose intacto, aunque probablemente continúe siendo un encanto reservado solo para unos pocos.
La película se puede encontrar de forma gratuita en su sitio web oficial.



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