Cannes 2014: “Maps to the Stars” de David Cronenberg

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Hay una esencia hamletiana y edípica en Maps to the Stars, la nueva película de David Cronenberg. El perfume se compone de un legado incestuoso que se prolonga por dos generaciones y en su tránsito una necesidad de cobrar venganza de los padres.

Julianne Moore y John Cusack en 'Maps to the Stars', de David Cronenberg.

Cronenberg apunta a una crítica cínica de las formas, aún más cínicas, de las que se compone la cosmovisión de las estrellas de Hollywood, en una mirada que parece hermanarse con la del hombre de a pie: traidores, ambiciosos, farfulleros, calculadores, adictos, egomaniacos, rapaces y ricos. Es un relato coral que se hace de la vida de una familia partida por tragedias: la de una hija que ha tratado de incendiar su casa cuando niña, y la de unos padres en un matrimonio entre hermanos –justificado por ellos como casual–, y la de una actriz traumatizada por el medio, su edad y su madre interpretada por una más que correcta Julianne Moore, que ha sabido balancear retazos de quinceañera incomprendida y vieja sórdida curtida en su entorno.

El problema al que ha sabido apuntar Cronenberg es que en la era que le ha tocado vivir, la mediatización de las estrellas de Hollywood ha hecho tanto que éstos puedan sentirse perdidos sobre quienes son ellos mismos, proponiendo una cierta indulgencia a su protagonista, como a su vez encuentren reivindicados sus sistemas de valores en cuanto al vivir como viven, en la oscuridad de sus espejos, sean más que actores, modelos, y que productores, gente de poder.

Puede decirse que Maps to the Stars repite formas, matices y colores de su filmografía, que abunda en la construcción de demonios internos que se llevan a plano con subjetivas de visiones fantasmagóricas en todos los personajes, o que la musicalización raya lo básico. Pero es en la desmitificación del poder donde ha salido lo mejor de la escritura del director y que hace pensar en el proceso de la adaptación de Crash con el que ganó en este festival hace casi dos décadas: los padres, rodeados de la fama y los millones que les da los métodos de autoayuda new–age que vende el padre –hilarante personaje de John Cusack–, instigan a que el hijo drogadicto de 12 años siga sosteniendo su carrera de actor, aún a sabiendas que el medio no contribuya con su mejoría; y han terminado de destruir la vida de la hija, constantemente atormentada por su pasado, llegando aún más lejos cuando ha tratado de reconciliarse recibiendo evasivas con dinero y violencia, de la misma manera que la actriz que interpreta Moore la contrata como asistente para sentirse mejor, evadiendo su vejez, llega a obligar a su novio a que forniquen, para luego despedirla y degradarla.

Entonces las cosas se invierten a punta de la misma violencia que el entorno ha sabido subvertir, y en algún grado, engendrar en los chicos por una posible mutación fallida de los hermanos–hijos de hermanos, haciéndole un guiño a la herencia de los medios, volviendo justa la muerte, como aquella mentira que trataba de evadir Hamlet, y luego haciendo que esta nueva relación incestuosa sea además de natural, la manera de evadir la hipocresía del mundo, en un gesto que abraza la pesadilla de Edipo.



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