[Crítica] “Rosa Chumbe”: más personas, menos personajes

Mejor lo pongo por escrito antes de pensarla mucho. “Rosa Chumbe” es -de lejos- una de las mejores películas que he visto en una sala de cine en esta ciudad en los últimos diez años.

No es solo por la prolijidad con la que el realizador ha trabajado la narrativa visual, la dirección de arte, la edición y el trabajo físico de sus actrices para que sostengan la historia -sobre todo Liliana Trujillo, con una performance desoladoramente íntegra– , sino porque cada momento, cada escena, cada encuadre invita a pensar. No como un ejercicio intelectual, sino como uno humano. De contemplación antes que de reflexión, digamos.

Rosa Chumbe es la protagonista de una historia que no es la de todos los que habitamos en Lima, pero es la misma ciudad la que nos acerca a ella a través de sus calles, sus colores (naturales y artificiales) y unos olores que la física y la química impiden que lleguen a los espectadores en el cine, pero que podemos reconocer. Tal vez por eso, aunque distante para mí, se me hizo sobrecogedoramente familiar en cada cuadra y encuadre. Sospecho que ha sido el caso de la mayoría de gente que la ha visto. Y eso no es algo que salga de chiripa. Por el contrario, revela un trabajo minuciosamente bien pensado.

Para ello, Jonatan Relayze ha exprimido hasta el último gajo de riqueza sensorial que alberga esta ciudad en la que vivimos casi diez millones de personas; desde la chingana más inmunda, hasta la combi más destartalada; desde el caldo de gallina con canchita y ají en la madrugada, hasta el pan con huevo en bolsa que sacas de la mochila para la bajada.

Ahora, vistas así las cosas, la película podría estar a un solo paso de caer en uno de los lugares comunes predilectos del cineasta limeño contemporáneo: exotizar la cotidianidad de la mayoría de peruanos bajo una mirada que nunca se define entre el paternalismo y el asombro casi esotérico. Pienso que abundan ejemplos recientes de ello en Magallanes, El evangelio de la carne, Perro guardián y -en menor medida- Climas. También en la publicidad de muchas de las marcas que las auspiciaron.

Pero si “Rosa Chumbe” se salva de ese destino no es por obra del Señor de los Milagros, sino por la que creo que es su principal fortaleza: en ella habitan personas antes que personajes, sin importar cuán fugaz o poco relevante sea su aparición. En otras palabras, acaso su mayor acierto está en algo que parece sin importancia para muchos realizadores: la gente existe en esa ficción. Lo sabemos por las frases que usan, por sus gestos y ademanes, por sus mentiras y silencios, pero también por la música que escuchan, por los programas de televisión que ven, por el trago que chupan. Por lo que los angustia, pero también por lo que los alivia. No son utilería viva, sino recordatorios permanentes de que estamos viendo un universo compuesto por seres que existen. Un universo que no nos es ajeno. O no debería serlo, al menos.

La película es también una invitación amigable para quienes hacen cine -o están pensando en hacerlo- a que se animen a dejar de lado la tentación de la comodidad. Un par de ejemplos: ¿Por qué la Avenida Tacna sigue siendo patrimonio exclusivo de “Conversación en la Catedral”? El arte puede apropiarse de los mismos elementos de distintas formas y esta Avenida Tacna que vemos en la película, no sé si es muy distinta a la que Zavalita miraba, pero al menos no es Zavalita el que la está mirando. Y ya que estamos en eso, ¿cuándo fue la última vez que vimos en una película algo tan típicamente limeño como un temblor? Tengo la sensación de haber visto más coches bomba que sismos en cintas ambientadas en Lima.

Finalmente, “Rosa Chumbe” es un recordatorio de cuán importante es la impronta de la vivencia para la creación. No solo aquella anécdota o experiencia que te da pie para contar una historia que atrape a otros, sino aquella que se nutre de la cotidianidad, la convivencia, la empatía y la compasión.

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