Festival de Lima 2017: Crítica de “Un cine en concreto” (Argentina)

La pasión por el cine. Creo que eso es algo con lo que muchos de nosotros nos podemos identificar; es más, me gustaría pensar que la mayoría de mis lectores, así como mis colegas, sienten esto. La experiencia de ir a ver una anticipada película en la sala de cine; los escalofríos que uno siente al ver un filme especialmente emotivo, triste, emocionante o gracioso; lo gratificante que resulta ir a ver una película sin saber mucho de ella, y sorprenderse al darse cuenta que estuvo mucho mejor de lo esperado. La oscuridad de la sala, el sonido del proyector de antaño, la canchita en mano…

El documental “Un cine en concreto” no es un tributo ni a los cineastas, ni a los académicos del cine o los críticos experimentados. Es un tributo a los cinéfilos comunes y corrientes, las personas que, sin saber mucho sobre la industria o sobre cómo se hace una cinta, tienen la costumbre de ir al cine todas las semanas, canchita y refresco en mano, emocionados por tener LA experiencia.

Sí, puede que se trate de una idea bastante inocente, pero es algo con lo que incluso yo puedo identificarme. Todos hemos sido niños, y muchos tenemos, por ejemplo, padres o hermanos que sin estar relacionados con el medio cinematográfico, AMAN ir al cine. Ese es el caso también de Omar José Borcard, un humilde trabajador argentino que vive en el pequeño pueblo de Villa Elisa, en Entre Ríos. Toda su vida ha trabajado en el rubro de la construcción, pero su corazón siempre estuvo en las películas, en las historias que lo apasionaban desde niño, y en los actores que admiraba en la pantalla grande.

“Un cine en concreto” es un documental que narra los esfuerzos por parte de Omar de instalar y mantener un pequeño cine. La última sala de Villa Elisa quebró en la década de los 80, y a mediados de los años 2000, harto de no poder acudir a una sala común y corriente, decidió aprovechar que ya estaba retirado y, con el apoyo de su esposa, construir una sala de cine en los aires de su tienda de zapatos. Usando un viejo proyector de película de 35 mm, butacas del antiguo cine, y la ayuda de amigos y familiares, pudo cumplir su sueño y otorgarle felicidad —y difundir cultura— a la gente de su pueblo.

Porque claramente Omar no hace esto por el dinero. Cobra lo mínimo indispensable por cada ticket, y ofrece dulces en la entrada de cine a precios cómodos. Tampoco lo hace con algún sentido de superioridad; como muchos, él ama la experiencia, y es capaz de proyectar tanto cine argentino antiguo, como películas animadas recientes de la talla de “Kung Fu Panda”. Él sabe que el cine es para todos, y no solo para quienes lo puedan costear o quienes lo aprecien solo como arte; él quiere que la mayor cantidad de gente posible pueda acudir a su humilde sala para que puedan vivir las mismas experiencias que él.

Viendo “Un cine en concreto”, llegué a entender la manera de pensar de Omar, y también logré identificarme con sus esfuerzos. Es cierto que el documental llega a divagar un poco, especialmente durante su tercer acto, donde muchas de las acciones y testimonios del protagonista del filme se vuelven algo repetitivos. Pero es durante el tercer acto que sucede un evento repentino, sorprendente, y que la película agarra mejor viada, no solo manteniendo la atención del espectador, si no también agarrándolos del corazón. Mucha gente en la función me contó que terminó la película llorando, y con justa razón.

Lo cual no quiere decir que “Un cine en concreto” sea un mar de lágrimas. Omar es un hombre humilde, pero también es un hombre inteligente, divertido, y alguien que no recurre a la victimización para dar pena ni mucho menos. Su vida es tranquila, la pasa bien con su esposa —quien tiene algunas de las más entretenidas reacciones de todo el filme, dicho sea de paso— y parece estar genuinamente interesado en darle diversión y entretenimiento a la gente de su pueblo. También conduce un programa radial, en donde pasa música del recuerdo, y de paso aprovecha para anunciar la cartelera de su sala.

El documental comienza con la sala—llamada “Cine Paradiso”, como debe ser— ya construida, pero se llevan a cabo suficientes sucesos como para que el filme nunca se torne aburrido o tedioso. La directora Luz Ruciello graba todo con la mayor naturalidad posible, incluso insertando algunas de sus direcciones en las tomas; nunca intenta convertir a sus protagonistas en actores. Además, debido a que se filmó en un periodo largo de tiempo, “Un cine en concreto” está filmado en diferentes formatos y calidades de imagen, lo cual podría fastidiar a algunos; para mí, esto le otorga una cualidad casi de video casero muy interesante.

“Un cine en concreto” fue proyectada en la ceremonia de inauguración del 21° Festival de Cine de Lima, honor muy merecido para una película que, al fin y al cabo, es tanto un homenaje al cine y a la experiencia de ir a una sala a oscuras, con la pantalla grande y el sonido envolvente, como un tributo a un hombre que le quiere transmitir el mismo amor que le tiene a las películas a otras personas. Omar es alguien que, a través de este documental, logra demostrar que no se necesita de mucho dinero ni de auspiciadores ni de tecnología 3D para construir un cine de verdad; solo se necesita pasión.

Tanto Omar como Luz fueron invitados a Lima para asistir al Festival. Luego de la proyección del filme, fueron ovacionados con un largo y fuerte aplauso. Si logran ver “Un cine en concreto” —ya debería haber quedado claro que TIENEN que hacerlo—, se darán cuenta por qué, a pesar de cualquier problema técnico o formal que pueda tener este fascinante y emotivo documental, lo merecían tanto.

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