Nostalgia de la luz es uno de los mejores documentales de Patricio Guzmán. En su hora y media de duración ofrece una perspectiva insólita al trajinado asunto de la memoria histórica y los derechos humanos. Sus imágenes y la sugerente voz del documentalista asocian la investigación de los cuerpos celestes desde los observatorios astronómicos instalados en el desierto de Atacama, el lugar perfecto para observar las estrellas, con un grupo de mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos y enterrados en la inmensidad de aquel páramo, el más seco del mundo.

El cineasta chileno nos habla de su afición a la astronomía, punto de partida para reflexionar también sobre la represión pinochetista. Para ello, construye con sutileza y fuerza conceptual, un relato de la labor de los astrónomos, los arqueólogos y el deber de la memoria, temas aparentemente irreconciliables pero que la destreza visual del director de La batalla de Chile convierten en un bello ensayo poético-político.

Nostalgia de la luz también es un documental sobre texturas y superficies, donde se suceden la gama de destellos de nebulosas y galaxias con la rugosidad y aspereza de un petroglifo o del suelo atacameño o -en aventurada y terrible metáfora- el calcio que proviene de las estrellas con el de huesos humanos triturados por la represión. Es además un documental que trabaja con los espacios, el sideral y el desértico, espacios que son recorridos y escrutados en busca de una verdad.

En una escena, la esposa de un desaparecido propone reorientar los telescopios y con ellos rastrear el desierto en busca de las fosas comunes. Sin estridencias, en clave deductiva, el filme termina interpelando al público, a la historia, y me arriesgo a decir que al cine mismo, por la búsqueda de una nueva mirada de las cosas. Desde lo alto, el universo interpela a toda una sociedad amnésica. Nostalgia de la luz aporta a la denuncia de su circunstancia histórica un vuelo panteísta y cosmogónico.