Berlinale 2018: “Obscuro Barroco”, de Evangelia Kranioti (Francia, Grecia)

La historia empieza con una lluvia torrencial. El sonido del agua que cae sobre las hojas, sobre las sombras indescifrables de la selva de Brasil, es violento y adormecedor al mismo tiempo. La única luz es el brillo de las hojas de palma, cubiertas hasta en su rincón más íntimo por este río surreal e imparable que cae de un cielo denso, nebuloso. El viento sacude lentamente el escenario, un viento que se siente tibio, húmedo.

¿Es Rio de Janeiro un él o una ella?

Una voz opaca conversa con nosotros a medida que el filme avanza. Sin notarlo este personaje todavía invisible parece posar sus manos sobre mis hombros, acercándose sigilosamente a contarme su historia, a respirarme al oído y a apretarme el pecho con su presencia. La voz espera con paciencia que me adentre en este mundo surreal y parece escuchar mis preguntas. “Esta ciudad es mía”, me susurra, “… mi metamorfosis”.

En un teleférico por encima de la gran metrópolis aparece al fin el cuerpo de esta voz, solo alcanzo a ver su silueta. Pelo rubio, largo, pestañas infinitas, labios carnosos, pechos grandes y solo un tul negro para tapar su desnudez. La cámara la sigue y entonces la veo de pie, en la terraza de un edificio muy alto, en el fondo miles de luces amarillas. La voz está fumando un cigarrillo y no deja de hablarme. La voz me cuenta que a veces detesta esta ciudad, pero que no podría separarse de ella, que están entretejidas, que saben demasiado la una de la otra. “Ciudad mutante, ciudad infernal, ciudad purgatorio”. La voz al fin me concede una mirada. Es la mirada de Luana Muniz, activista por los derechos humanos e ícono de la comunidad travesti en Brasil y el mundo entero.

La pantalla IMAX se presta perfectamente para lo que será una travesía íntima, casi onírica por algunas de las tantas historias que son materia prima de lo fantástico, lo mítico del tiempo de carnaval en el coloso de Sudamérica.

Nada de lo que se ve ha sido fabricado especialmente para la película, sin embargo todo parece haber sido fabricado especialmente para la película. Evangelia Kranioti, la directora del filme, les ha robado un momento preciso a estos seres mágicos, distintos, luchadores, y profundamente humanos en constante transición.

El escenario de Evangelia Kranioti es la euforia del tiempo de carnaval y el silencio en las casas humildes de las favelas. Es ese aire tibio que muchos llaman tropical, son las pieles oscuras de sus protagonistas, sus carnes, tantas veces rechazadas, malentendidas, maltratadas, temidas y en el fondo secretamente deseadas por la sociedad.
Evangelia Kranioti ha capturado también las almas de los seres sin vida que adornan la vida en el tiempo de carnaval, esos que terminan regados por el suelo en algún lugar olvidado de la gran ciudad, guardando su barroco existir para el próximo año. Figuras, rostros gigantes de cartón, seres imaginarios de papel maché, de madera y de tecnopor, cubiertos de purpurina en todos los colores.

La película ofrece una visita guiada por el trance del baile colectivo, por la ruptura de las reglas para aprender a vivir el carnaval, por el esfuerzo de miles de brasileños al salir a las calles a protestar contra un régimen corrupto.

El vehículo son los protagonistas en su simbolismo, en transformación, su soltura y su falta natural de pudor; las facciones de Luana Muniz, las grietas de su cuerpo, su voz prestada para leer de cuando en cuando pasajes de “Água viva” de Clarice Lispector y los rostros de muchísimos extraños, capturados fugazmente desde un rincón del carnaval.

“Obscuro Barroco” utiliza el carnaval como una metáfora para motivar la reflexión sobre la importancia de la metamorfosis y la interdependencia entre la naturaleza mas salvaje y lo artificial.

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1 comentario

  1. alvaro
    24 de febrero de 2018 at 1:24 — Responder

    Tambien recomiendo la pelicula anterior de esta directora “Exotica, Erotica, Etc” (2015), estrenada en la Berlinale. Obra maestra.

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