Entrevista: “El silencio es un cuerpo que cae”, el mejor documental del Festival de Lima 2018

El filme argentino “El silencio es un cuerpo que cae” es uno de los documentales de la región más galardonados del año. En la 22ª edición del Festival de Cine de Lima, se llevó el Premio del Jurado al mejor documental. Previamente, venía de ganar el premio al mejor largometraje en el Festival de Cine Independiente de Cosquín y una mención honrosa en la sección de Derechos Humanos en el BAFICI. Además, esta semana fue nominado como mejor largometraje documental en el Premio Iberoamericano de Cine Fénix.

Durante el último Festival de Cine de Lima, pudimos conversar con su directora, la argentina Agustina Comedi, quien narra una historia muy personal en la película: descubre las cintas de video que filmó su padre Jaime antes del accidente que le quitó la vida y también descubre una historia marcada por secretos familiares, activismo y disidencia sexual. Conversamos sobre su motivación para contar esta historia, los retos a los que se enfrentó, la tendencia actual del cine documental de narrar historias personales y las diferencias entre escribir guiones para ficción, documental y animación.

Agustina, ¿cómo decidiste realizar este documental inspirado en tu padre?
Nunca hay una sola causa. Siempre hay más de un momento que a uno lo puede marcar, por un lado encontrarme con el material de archivo filmado por él y por otro lado ser madre también. Había algo de mi maternidad que me hizo repensar las dinámicas familiares y las posibilidades de una familia, del amor, de una pareja, allí entraron a jugar varias cosas que de alguna manera me llevaron a hacer el documental. De todas maneras, desde que empecé a conocer la historia de mi papá siempre estuvo latente la posibilidad de hacer algo con eso. Hay un movimiento inversamente proporcional cuando hay tanto silencio, que a uno lo empuja a salir en el sentido contrario.

Agustina Comedi, directora del documental “El silencio es un cuerpo que cae”.

El silencio está muy presente en la película, como una manera de guardar una parte de la identidad. ¿Concibes este documental como una manera de romper ese silencio?
Hay algo allí en relación a mi propia sexualidad y también hay un momento histórico que lo posibilita y que lo requiere. Hay un ejercicio de memoria que se viene realizando en Argentina en relación a ciertos aspectos políticos, que tienen que ver con la dictadura, con el peronismo, con ciertas lecturas políticas que tienen su genealogía en el cine y que en relación a la disidencia sexual hay mucho menos. Es un ejercicio que recién ahora se está empezando a hacer. A mí me costó mucho dar con estas historias de tanta opresión, de tanta persecución. Entonces hay un movimiento que tiene que ver con esa necesidad colectiva.

El documental muestra lo difícil que era ser homosexual en los años 70 en Argentina, en plena dictadura militar. ¿Consideras que hoy la sociedad de tu país ha superado esos temas y es más tolerante?
No, yo creo que aún hay mucha intolerancia. Hay temas que se van habilitando, pero tienden sus propias trampas también, como el famoso pinkwashing que es un peligro enorme de despotenciar algo que tiene una enorme potencia. Entonces si la aceptación de la homosexualidad viene de la incorporación al mercado de consumo de la persona homosexual, me parece que es una pérdida enorme. Por eso yo creo que las disidencias nunca pueden pensarse si no están atravesadas por la clase, como que el debate siempre es más profundo, no tiene que ver con que desaparece la hostilidad, el peligro y la violencia solamente, sino con ver a cuáles sujetos se les acepta y a cuáles no. Creo que estamos a años luz de ser una sociedad justa y no solo Argentina, el resto del mundo también.

El estreno de la película fue en Holanda y me impresionó mucho porque cuando la presenté, el comentario de la gente era como “Mirá qué terrible lo que pasa en Argentina, qué horror, qué tremendo” y la noche antes de la presentación de la película, a una chica brasilera le habían pegado en la calle porque se estaba besando con otra chica y terminó hospitalizada. Cuando hice referencia a eso, me dijeron “Pero no eran holandeses, ¿no?”. Me dio risa esa reacción, como si todo lo malo viniese solo de afuera. La xenofobia y el racismo no son tan diferentes, forman parte de la misma matriz. Entonces, si de pronto nos aceptan, tenemos qué pensar qué mecanismos está tejiendo el poder para que hoy le sirvamos, si ayer no le servíamos.

¿Cómo fue el proceso de selección de las imágenes de los videos caseros grabados por tu padre?
El proceso fue muy lento, desde que empecé a acercarme a la posibilidad de hacer la película, ver ese material una y otra vez, tabularlo, desglosarlo. A medida que fui viendo esas imágenes también fui encontrando qué es lo que quería contar. Hay algo del material de archivo que a mí, en esta situación de tener un hijo, me preocupaba particularmente: son todas estas operaciones de adoctrinamiento que se hacen con los niños y niñas, de a poco los van formateando para encajar en las lógicas binarias.

El documental también es como una especie de cristal con el que uno mira, o sea está esa materia allí y es un diálogo entre ese material y las cosas que uno va pensando. Entonces te modifican, al mismo tiempo que vos vas modificando el curso de la película, hasta que uno dice “Ya está, no doy más, voy a terminar esto” (risas).

Tú sabías que tu padre había grabado el accidente en el que falleció y sabías que esa grabación la tenía un familiar…
A medida que yo iba mirando los videos, yo sabía que mi papá cuando tuvo el accidente estaba filmando, entonces sabía que ese material tenía que estar. Cuando estaba mirando esas 160 horas de videos grabados por él, tenía la tensión permanente de cuándo va a aparecer eso y qué voy a ver, porque si se murió con la cámara en la mano no sabía qué aparecía de todo eso en las imágenes. Al final nunca aparecieron porque ese cassette lo tenía un tío.

Son largos los procesos de un documental, duran 4 ó 5 años, uno se transforma en ese tiempo, el mundo se transforma, las inquietudes se profundizan, es medio espiralado el proceso.

Durante el proceso de investigación, en el que estuviste entrevistando a los amigos y conocidos de tu padre, ¿cuál fue el reto más grande al que te enfrentaste?
La cuestión ética siempre, saber dónde está el límite, esa especie de consenso entre lo que uno necesita que le digan porque la película depende de eso y lo que ellos pueden decir. Creo que eso fue lo más difícil. Y de alguna manera también fue lo que guió todo el proceso. Marta Andreu, una gran productora y formadora de documentalistas, dice: “Si vos tocás y no dejás que te toquen, eso es abuso”, refiriéndose al documental. Entonces encontrar entre esos amigos y esas amigas de mi papá y yo el lugar donde ellos daban, pero yo también daba y no vulneraba ciertos lugares, todo eso creo que fue lo más difícil, lo que más me interpeló y me quitó el sueño durante el proceso.

Una de las entrevistadas te dice en un momento: “Yo no voy a hablar de eso en cámara”. ¿Hubo otras personas que no quisieron hablar frente a la cámara?
Sí, hay gente que decidió que no aparezca su imagen. En cuanto a esa entrevistada, hay una licencia del documental, porque yo lo que pongo en ‘on’ del sonido, o sea lo que se escucha del audio, no es lo que ella dijo cuando yo apagué la cámara. Hay un cuadro congelado y algo que dice después, pero eso que dice yo lo tengo grabado en imagen, no es lo que ella me pidió que yo no contara. La ética y el compromiso ante todo, yo no voy a poner algo que ella me pide que no muestre. Cuando haces un documental, todo el tiempo estás pensando: “Tendría que tener la cámara, eso lo tendría que haber filmado”. Le pasa a cualquier documentalista, lo mejor aparece cuando vos apagás la cámara siempre. Pero el rigor ético para mí es fundamental cuando uno se mete con personas, no son actores, son gente que está entregando algo que uno nunca entiende bien por qué lo entrega. Estás con la cámara allí y dices: “¿Por qué me está dando esto?”. Es un acto de generosidad enorme.

¿Qué retroalimentación has recibido de los entrevistados que ya vieron la película?
Fue muy buena. La función más complicada fue cuando fueron en grupo los amigos y las amigas de mi papá en Cosquín. Yo estaba muy nerviosa. Terminó y fue súper lindo. Mi mamá también la vio. Como que todo se leyó en una clave muy amorosa siempre, que creo que es el espíritu con el que está hecho. No hay juicio, no hay ataque, no hay manipulación en relación a la imagen de esas personas. Sí aparecen fragilidades y eso a veces es duro de ver, ver la propia fragilidad es algo que no es tan grato o tan fácil de digerir.

Hay una imagen muy poderosa en el documental, cuando cuentan que en tu nacimiento, tu papá decide que Néstor atienda el parto, mientras tu mamá da a luz. Son probablemente las dos personas que él más amaba en ese momento. Es algo muy simbólico.
Sí, yo creo que mi mamá también encontró una confianza allí, no sé. Estamos tan atravesados por tantos “deber ser”, cosas que están bien y cosas que están mal. Entonces cuán libres somos nosotros mismos de transitar cosas sin tanto peso, en relación a las parejas y a los vínculos en general, en relación a que el amor cambie de forma, tenemos como un mandato de que eso no tiene que ser así. Si el amor es real, la elección de estar con alguien es una elección, no pasa de allí, el amor es múltiple y tiene muchas formas, por los amigos uno siente un amor muy profundo. ¿Por qué las parejas tendrían que ser tan distintas? De pronto una pareja no funciona, ¿y por qué pasa a ser tu enemigo? Eso me parece lo más absurdo del mundo. Hay una educación sentimental allí que termina en gente prendiendo fuego a su ex novia. El amor no tendría que ser tan doloroso. Yo creo que nuestra generación es la que viene a cuestionar eso del amor sufriente, me parece que es un desafío, a ver si podemos con un amor más vital y alegre.

Hay documentalistas de nuestra generación que narran historias propias o de su familia. ¿Crees que eso sea una tendencia generacional o que tenga que ver más con temas de memoria, llevados a lo doméstico?
Para mí hay un riesgo allí también. Creo que sí, en tanto y en cuanto cada familia o cada vida es una clave para mirar el mundo de alguna manera, pero cuando eso se vuelve tan sobre uno mismo en un contexto en que la selfie y los stories de Instagram están tan a la mano, también me parece algo para tener en cuenta y cuestionar. Está bueno, siempre y cuando resuene en otro, siempre y cuando tenga una contundencia política y sea potente. Por otro lado, estamos cada vez más encerrados también, la calle es casi un lugar donde uno ya no transita, te vas desde tu auto a tu trabajo, las grandes tiendas hacen que no te conozcas con el almacenero como antes, estamos aislados, entonces si encima hacemos películas sobre nosotros mismos, hay que tener cuidado. Hay que tirar un poco de los hilos a ver qué aparece, si se está hablando de otra cosa o si solo se queda allí, como mirándose el ombligo.

Dentro del género documental, ¿qué directores te inspiran o son tus mayores referentes?
Me gusta mucho Albertina Carri, sus documentales son muy buenos y marcan un hito en la historia del documental argentino. Eduardo Coutinho me gusta un montón, João Moreira Salles también. Y bueno, un gran referente es Chris Marker, él es para mí todo lo que está bien, sigue siendo tan actual su cine.

Has escrito guiones para ficción, documental y animación. ¿Cuáles son las principales diferencias en el proceso de escritura entre estos tres formatos?
La diferencia tiene que ver mucho con el target, si vos estás escribiendo para niños, hay algo allí que se acomoda para ese público, pero también la animación tiene muchas posibilidades plásticas que yo todavía estoy indagando porque tampoco soy una gran consumidora de animación, entonces es jugar con todas las posibilidades que la técnica te da. La ficción depende de cómo se la trabaje, tiene esta cosa más de la trama y de cierta linealidad. Y el documental, sobre todo el documental ensayo, tiene este espíritu más libre. El ejercicio de pensar un guion de documental es casi filosófico para mí.

¿Estás trabajando en algún proyecto nuevo?
Se llama “Escuela de putas”. Es una reescritura de “Los siete locos” de Roberto Arlt, que es un libro clásico de la literatura argentina, escrito en clave feminista. Son siete trabajadoras sexuales que quieren hacer la revolución extrayendo los recursos del trabajo sexual de los burdeles. Vamos a ver, recién empiezo.

Entrevista realizada por Juan Carlos Ugarelli y Laslo Rojas, en San Isidro el 9 de agosto de 2018.
Foto de la entrevista: Juan Carlos Ugarelli.

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