La añoranza por el cinema perdido ya es un fetiche en la cinematografía peruana. La obra más visible al respecto es de Nelson García, “Canción para un cine cerrado” (1988), una sesión de nostalgia por los locales que habían dejado de existir como salas de cine hasta avanzados los años 80. En este mismo Festival de Trujillo llama la atención Cinema Inferno desde la ficción estilizada de Rafael Arévalo, y en la sección documental participa Cines de video (2020), largometraje dirigido por Wari Gálvez.

Esta vez se trata de un conjunto de testimonios del personal de los cines que han clausurado sus puertas, y sobre todo sus pantallas, en diferentes regiones del Perú. La dinámica de Gálvez es sencilla y directa: la sala desaparecida se evoca como un espacio vivo, en el que existió, y permanece, una mística no sólo de exhibir películas, sino de transmitir desde cada local una personalidad de amor al cine y de servicio al público local, que aprecia el recinto como parte de su identidad cultural.

La puesta en escena es simple. Quienes fueron  administradores, boleteros, proyeccionistas, ayudantes, etc., declaran delante del frontis de su ex lugar de trabajo, describen sus trayectorias, comparten anécdotas, comentan fotografías y buscan explicar las razones económicas, sociales, políticas y culturales de su decadencia y cierre. La hiperinflación, la llegada del VHS, del CD, los smartphones y la consecuente irrupción de los multicines, son las claves que invoca el grupo. Es un acercamiento asertivo y cómplice, que incluso genera elogios a la realización misma del documental, por sentirse considerados parte de la historia del sector cinematográfico en el Perú, incluyendo recomendaciones y pedidos como la reaparición de por lo menos una sala básica de estreno. “Los multicines sólo exhiben películas, pero ya no son cines”, dice uno de ellos.

En los debates sobre el desarrollo del cine nacional se ha hablado a menudo de la formación de público, una necesidad muy insuficientemente implementada en el Perú. Justamente lo que arrojan los relatos de Cines de video es que en esas localidades, a veces de escasa demografía, sí se construía en las décadas pasadas el gusto de la afición, aunque no de manera oficial ni nacional, sino privada y focalizada. De hecho, hay referencias al Grupo Chaski, con el que un grupo de personajes allegados a un cine liquidado gestó un proyecto de película documental.

En esa línea, el nombre del filme es una referencia irónica a la conversión del soporte fotoquímico a la digitalidad y virtualidad, y de esa manera lo que hace Wari Gálvez es un sobrio y resignado registro del fin de una era, físico y conceptual, y una fría bitácora de la adaptación o la falta de esta a los cambios tecnológicos, sociales y culturales. Y eso que la pandemia no aparece, nueva realidad que daría ya para otro documental.

Podrán ver esta película, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.