Festival de Sundance: “Reinas” (Suiza-Perú, 2024), de Klaudia Reynicke

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El tercer largometraje de la directora y guionista suizo-peruana Klaudia Reynicke arranca con un recuerdo ajeno para los peruanos nacidos en el tercer milenio (y los varios desmemoriados del segundo): un nervioso Hurtado Miller, ministro de Economía que se encomienda a Dios tras anunciar el alza de la canasta familiar por encima del 200% por cortesía del ‘fujishock’, a inicios de 1991. Sin embargo, con excepción de los repentinos cortes de luz y las pintas senderistas, la Lima noventera de la película resultará extrañamente familiar para una sociedad del 2024 donde todavía se recurre al taxi informal para sobrevivir, donde las calles son inseguras y hasta letales por otro tipo de terrorismo, donde las fuerzas del orden abusan de su poder, y donde emigrar sigue siendo una solución indeseable pero factible. Reinas afortunadamente no se limita con recordar las penas y adversidades que empujaron a toda una generación fuera de su tierra, ofreciendo más bien un relato predominantemente cómico y enternecedor en torno a una familia cuyas alegrías prevalecen ante un país en ruinas.

Aurora (Luana Vega) y Lucía (Abril Gjurinovic) son dos hermanas que están en proceso de tramitar sus visas para Estados Unidos por decisión de su madre, Elena (Jimena Lindo), que ha conseguido un contrato de trabajo en Minnesota, EE. UU. Su padre, Carlos (Gonzalo Molina), intenta reincorporarse en sus vidas tras un distanciamiento en parte ocasionado por su inestabilidad laboral y económica. Aunque claramente errático e improvisado, Carlos intenta recuperar el cariño y confianza de sus “reinas” con un paseo a la playa en el que les cuenta que trabaja como agente de inteligencia. Ante la angustia de sus hijas por tener que emigrar forzosamente junto a su madre, Carlos aprovecha maliciosamente en retrasar la firma de su permiso de salida e intenta convencerlas de que se queden con él en Lima.

La de Reynicke es en esencia una comedia familiar cuyo trasfondo histórico convulso es apenas perceptible a través de noticias televisivas y de conversaciones entre adultos, como la que sostiene Carlos con un pasajero al inicio y que evoca uno de los segmentos del imprescindible Metal y melancolía (1993) de Heddy Honigmann. Sin llegar a ser de clase alta, Aurora y Lucía disfrutan de una realidad paralela donde las amistades, los amores de verano y las lecciones de surf las distraen de los peligros que ya acechan su ciudad. Esto justifica la atmósfera nostálgica y risueña de la película, con banda sonora del recuerdo incluída, que parece más propia del primer ¡Asu mare! (2013). Esto puede resultar ofensivo para quien haya vivido la misma época con mayor madurez y circunstancias adversas, pero este tratamiento ligero precisamente refleja y critica el relativo privilegio de no pocos limeños, comparado a la crudeza que vivió el resto del país. Reynicke además se reserva un giro final que hace más perceptible dicho privilegio.   

Aunque el guion gira en torno a las hijas, los verdaderos protagonistas son sus padres. En la piel del excelente Gonzalo Molina, Carlos representa al típico padre despreocupado pero bienintencionado que resulta simpático incluso en momentos de desfachatez. Es la personificación de la improvisación peruana, para bien y para mal, y también de un machismo implícito que aflora cuando intenta victimizarse y sabotear los planes de migración de Elena. Jimena Lindo por su parte encarna a una Elena resiliente y tenaz que no puede evitar ser rígida y tosca con sus hijas. Su personaje reivindica a aquellas madres profesionales migrantes que han velado por el futuro de sus familias. Es posiblemente su rol más auténtico y sobrio en el cine desde La prueba (2006). Mención aparte merece la española Susi Sánchez en su segunda incursión en Perú tras La teta asustada (2009). Aunque su rol de abuela es reducido e intermitente, Sánchez aquí mejora su comodidad al emplear peruanismos y destaca con una faceta más relajada aunque manteniendo la solemnidad que la caracteriza.                 

Es inevitable abordar esta película sin mencionar a Las malas intenciones (2011) y Viaje a Tombuctú (2014), dos títulos con los que parece conformar un subgénero propio: el del impacto de la “década perdida” desde la perspectiva de jóvenes limeñas relativamente privilegiadas. En ese sentido, Reinas se comporta como un intermedio entre ambos al incluir a una adolescente y una niña con inquietudes similares a las de sus predecesoras, y al combinar aspectos de clase media y alta. También se repiten situaciones como el disgusto por las decisiones de la madre, la exploración de un fenómeno fantástico, la fidelidad a un padre irresponsable, la ansiedad por migrar y la ingenuidad sobre los peligros que acechan al país. La película de Reynicke destaca entre las tres por su atmósfera alegre y cálida, y por un guion más ameno y contundente. Resulta interesante que justamente sean mujeres peruanas las que han plasmado reflexiones sobre un periodo histórico y una perspectiva socioeconómica que denotan el privilegio (del escapismo) de Lima sobre el resto del país, incluso en las peores circunstancias.


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