Festival de Lima 2009: Gigante

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¿Qué tienen en común las vidas de un vigilante nocturno y una empleada de limpieza que laboran en un supermercado? Aparte del desconocimiento mutuo de sus propias biografías y la obviedad del mismo centro y horario de trabajo, comparten lazos de soledad, impotencia, conformismo, incomunicación y vacío existencial ante una sociedad que parece no detenerse a pensar en ellos.

El vigilante es una gordo grandísimo con apariencia de niño, fanático del rock pesado aunque tímido, parco, inocente, divertido incluso, llamado Jara, cuyo trabajo es monitorear las secciones de un supermercado por medio de cámaras durante la noche. Julia es una de las empleadas de limpieza que abrillanta las baldosas de la sala de ventas, es una chica guapa de apariencia frágil que pronto atrae la mirada del gordo, quien se obsesiona con ella al punto de no conformarse tan solo con verla en los monitores de seguridad, sino que se lanza a seguirla en las calles al final de las jornadas, pero sin atreverse a hablarle. El hilo argumental, matizado con finos chispazos de humor negro, irá extendiéndose en un aparente estado de inacción o monotonía, tomando como eje la obsesión de Jara por Julia, pautado con el fin de los turnos de trabajo, conduciéndonos por interiores y exteriores, llegando al día desde la noche con una interrogante que va creciendo entre ello: ¿qué quiere el gordo Jara con Julia?

El director Adrián Biniez (bonaerense afincado en Montevideo), amigo del dúo Rebella-Stoll (25 watts, Whisky, donde incluso tuvo una breve aparición), con quienes además escribiera el guión para el corto “No sé bien”, al parecer se ha mantenido fiel al discurso de sus camaradas (ninguna decisión parece ser la correcta), incluso en lo estético, no obstante algunas variantes en los detalles: Gigante prefiere tomar distancia del nerviosismo óptico y situarse en posiciones fijas donde desarrollar enfoques a manera de emboscada, predominando el empleo de pacientes encuadres a cámara fija, recordando por momentos a las primeras películas de Fassbinder. Señala solamente lo necesario para mantenernos dentro de la escena (la mirilla de una puerta, la mesa de Julia en el restaurante, quizás guiños al lente de Wong Kar-Wai), y prefiere atinadamente economizar lenguaje fílmico a desgastarse con elipsis. Alimenta la ficción con sonidos propios del entorno mayormente, y cuando interfiere con alguna melodía, ésta sirve como plataforma y no como atmósfera (la música entre las góndolas recuerdan algún western). Confía en acumular tensión no a través de los parlamentos ni presentando un collage de situaciones, sino esbozando un trazado lineal y casi transparente de las escenas (los travelling diurnos, la vida privada de Jara); una transparencia perturbadora que no termina de mostrarnos el fondo.

Cabe resaltar la frescura de las actuaciones. Sabemos, por declaraciones de Biniez, que casi todo el elenco de Gigante es no profesional, amigos del director, lo que le brinda a la película cierto aire desañilado que funciona como respiradero de la parquedad y hermetismo del protagonista, por no decir que nos hace pensar menos en la ausencia de diálogos, y fijarnos más en el represión de las voluntades. Y es que si de algo se precia el cine uruguayo último (25 Watts, Whisky, La Perrera), es de plasmar personajes con poca o ninguna capacidad de interacción con el mundo, seres que terminan siendo arrasados por sí mismos y en situaciones bastante reales, de quienes apenas si conocemos su presente, y en quienes no es difícil adivinar un futuro. El pasado no parece interesarle a Biniez, al menos no en Gigante; de Jara apenas sabemos que tiene una hermana y un sobrino; de Julia, que vive con su padre. Si el presente ya es bastante turbio y molesto, ¿para qué mirar atrás?, pareciera decirse Biniez, como Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll y Manuel Nieto. Aunque si existe una diferencia entre la propuesta de los tres directores uruguayos mencionados y Biniez, es que en las películas de los primeros imperaba un profundo espíritu de resignación y abandono, mientras que en Gigante ese espíritu pareciera tener un tope. No es gratuito que Biniez haya elegido situar su historia en las noches de un supermercado: una amplia nave iluminada de blanco recorrida por pocas personas, las trabajadoras nocturnas, en medio de toda esa ausencia, entre góndolas abarrotadas de productos imposibles para ellas. Ese inmaculado recinto, por las noches bien podría imaginarse un laboratorio de seres observando seres (las cámaras de seguridad), una confrontación de las necesidades y falencias de cada uno (no tener para comprar lo que se toca y desea), una muestra de jerarquías de la sociedad (jefes y subordinados del supermercado, despidos, huelgas), y sobre todo, un universo vouyer que contiene acaso una silenciosa historia de amor.

Gigante es una drama íntimo en medio de un desolador universo: la sociedad moderna. Sus personajes no sólo están confrontados contra sí mismos, atados por sus necesidades, sino que además respiran el conformismo del resto, homologándose en sus infelicidades que parecen necesarias. Biniez ha construido, con un acierto que escalofría, una historia de equilibrios, el personal y el colectivo, en una trama que sólo tiene espacio para uno de los dos.

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