La hija cóndor, tercer largometraje dirigido por el cochabambino Álvaro Olmos Torrico, es una nueva película que se sumerge en la identidad cultural quechua y los dilemas de una generación atrapada entre el peso de la herencia y el brillo de la modernidad. Estrenada en el Festival de Toronto el año pasado, esta coproducción entre Bolivia, Perú y Uruguay narra la historia de Clara (debut en el cine de la cantante Marisol Vallejos Montaño), una joven aprendiz de partera que, bajo la tutela de su madre adoptiva Ana (María Magdalena Sanizo), se debate entre continuar con el oficio ancestral o perseguir su sueño de ser cantante folclórica en la ciudad.
Al igual que en recientes producciones realizadas en esa región andina, La hija cóndor aborda la fractura social provocada por la migración a la ciudad. En la cinta, el abandono del campo y la atracción de las urbes se presentan como una amenaza a la supervivencia de las costumbres milenarias. Recordaba por ejemplo a Wiñaypacha, aclamada ópera prima del puneño Óscar Catacora, en la que los ancianos Willka y Phaxsi esperan en vano el regreso de su hijo Antuco, quien ha partido a la ciudad avergonzado de su origen. De manera similar, en La hija cóndor es Clara quien personifica esa curiosidad por lo moderno, atraída por radios, teléfonos y la promesa de una carrera artística.

Un punto de contacto estético y simbólico entre ambas obras es la imagen alegórica de la mujer dirigiéndose hacia el horizonte. En Wiñaypacha, tras la muerte de su esposo, Phaxsi parte hacia un destino incierto, adentrándose en las montañas en lo que se interpreta como un tránsito hacia la eternidad o la desaparición de toda una cosmovisión. De manera similar, en la película boliviana vemos la silueta de uno de los personajes femeninos adentrándose en el horizonte rocoso. El uso del paisaje no es pues un mero decorado en estas películas; las montañas y los silencios dialogan con el estado emocional de los personajes, reforzando la idea de que el entorno condiciona su destino y su paso al plano de lo mítico.
La película de Olmos Torrico también resuena con otra película de nuestros realizadores aymara, Yana-Wara, la obra póstuma de Óscar Catacora terminada por Tito Catacora. Ambas cintas exponen la dureza de la vida comunitaria y el rigor de sus usos y costumbres. En Yana-Wara, se explora un sistema de justicia indígena que a menudo deja a la mujer en una posición de vulnerabilidad frente a las decisiones y la violencia de los varones.

En La hija cóndor, este conflicto se manifiesta en la tensión entre la tradición colectiva y el deseo de libertad individual. Clara representa a las mujeres jóvenes que se rebelan ante un rol preestablecido —el de partera encargada de los rituales de nacimiento— para buscar un camino propio. Esta dualidad genera altibajos emocionales y una profunda inseguridad, reflejando cómo el pensar de las nuevas generaciones colisiona con autoridades indígenas que exigen el mantenimiento estricto de la herencia cultural, llegando en ocasiones a provocar el desarraigo de quienes deciden partir.
La realización de La hija cóndor destaca por su búsqueda de autenticidad, empleando a actores no profesionales de la comunidad quechua. Destaca la interpretación de María Magdalena Sanizo como Ana, quien aporta una naturalidad que solo alguien con experiencia real en el oficio de partera podría transmitir. Técnicamente, el filme utiliza una cinematografía pausada y planos metódicos de montañas y campos abiertos, contrastando el silencio del campo con el ruido y el caos de la ciudad, un recurso que subraya la desconexión emocional de Clara en ambos entornos. A destacar también la representación audiovisual del entorno citadino, los realizadores enfatizan los colores fuertes de las luces de neón que hacen juego con la indumentaria colorida de las danzantes a las que se suma Clara, enmarcado todo con una banda sonora electrónica que acierta en su contraste con la quietud y parsimonia de la vida en el campo.
Como parte de la coproducción internacional, la película incluye la colaboración de algunos profesionales peruanos, empezando por la actriz Nely Huayta, cuyo personaje acompaña a Ana en la búsqueda de su hija en la ciudad. En la producción están Cecilia Sueiro y Diego Sarmiento de la empresa cusqueña Ayara Producciones, la dirección de fotografía estuvo a cargo de Nicolás Wong, la asistencia de cámara de Stephanie Altamirano, el gaffer Andrés Magallanes y Emiliano Valdeavellano el DIT (técnico de imagen digital).
Es así que La hija cóndor se erige como un relato acorde a nuestros tiempos. A través de su ritmo contemplativo y su honestidad narrativa, invita a reflexionar sobre la pérdida, la pertenencia y la resistencia de las culturas indígenas en un mundo globalizado que, aunque ofrece nuevas herramientas de expresión, a menudo exige el sacrificio de la propia identidad.



Deja una respuesta