Antes que se nos pase más el tiempo, y esto termine fuera de nuestro alcance, elaboramos un balance de lo que nos pareció lo bueno y lo malo del festival que acabó hace una semana:

Lo bueno

Lo malo

  • Las contradicciones de la campaña: los errores del afiche y la esquizofrenia en la imagen del festival.
  • Encarecimiento del festival: el costo de las entradas, 12 soles general y 10 estudiantes en el CCPUCP y 15 soles en CinePlanet Alcázar -las salas con la programación más variada-, y de la cafetería del Centro Cultural, volvieron prohibitivo para cinéfilos con menos recursos asistir al festival. En CinePlanet no hubo descuento alguno.
  • El poco nivel de la muestra y de la calidad de las proyecciones en algunas sedes, como el Cine Metro y Arequipa; desconocemos lo que haya sido de la muestra en Vichama de Villa El Salvador o en la Biblioteca Nacional. Pero en general, el hecho que no sean eventos en la sede principal no significa que se deban realizar descuidadamente, más aún cuando son los espacios donde efectivamente se debería democratizar y descentralizar el festival.
  • La reducción de plazas: aunque se aumentó la cantidad de pantallas de exhibición este año, se redujeron los CinePlanet donde se proyectaron las cintas, CinePlanet Norte y Risso no contaron para los planes del festival de este año.
  • La mala selección de la mayoría de ficciones en competencia, con mediocridades de las que no se libró casi ningún país: Cuba, Ecuador, Bolivia, México, Brasil, Chile, Argentina y Perú, el anfitrión.
  • El problema de las acreditaciones de prensa para las funciones en los CinePlanet. Un maltrato que no se debería repetir.

Con todo, errores y aciertos, el Festival de Lima es un espacio para poder ver y reconocer nuestro cine (latinoamericano) que esperamos siga creciendo, conciente de sus puntos fuertes y débiles, y que el próximo agosto nos sorprenda con nuevos brillos y cintas valiosas.